domingo, 8 de mayo de 2016

ABSTINENCIA


Por lo general siempre es invitada, –no es mi caso- y después no hayás como correrla del cuarto. Hay veces que llega como intrusa, autócrata, insolente a sentarse a tu cama. A verte con esa cara malévola que tienen los que disfrutan el dolor ajeno. La abstinencia es así de impredecible, así de fregada, así de buena maestra.

Todavía no estoy en la etapa de la tembladera y las uñas comidas. No tendría pisto para hacer cita en alguna clínica para obsesivos, por eso escribo. Pero vení, mejor contame vos, ¿a qué sos adicto? ¿A la mota, a la coca, a las pastillas, a la piedra, al ron, a la fiesta, a los asados, al café, al sexo oral, a las locas, a los orgasmos, a la comida, a las historias imposibles, a las modas, al tabaco, al amor? Lo sé, te encanta todo lo que destruye. ¿Y qué le vas a hacer?, si es terriblemente delicioso.

Cada vez que nos ponen una tentación en la cara, conocemos el paraíso, por eso quedamos enganchados. Por cucharadas he aprendido a no juzgar a nadie por sus adicciones, a menos que me estén afectando a mí. ¿Te preguntaste alguna vez si tu adicción jodió a alguien?  Yo nunca, porque soy egoísta. Porque en mi adicción nunca he pensado que mi droga le haga mayor daño a otro del que me hace a mí. Y si me han reclamado, no he sabido escuchar. Y es que también está la adicción más funesta e incomprensible de todas, al sufrimiento.

¿Por qué nos encanta vivir jodidos? “Si no estoy jodida, no estoy en onda”. Tan absurdo como se lee. Hay quienes nacieron creyendo que su estado natural es vivir jodidos y jodiendo a los demás. Más que un hobbie, un estilo de vida, la quinta necesidad humana.

Por suerte y por tacaña nunca he sido adicta a las drogas tangibles, pero he de admitir que la María es otra de mis mejores amigas, que solo busco y llega a mí por mera casualidad o cuando de repente me pegan esos anuales ataques de insomnio.

Mi adicción va más allá de tocar fondo cuando te encuentran tirada en una cuneta o cuando por poco te matás ahogada en tu propio vómito –saludos Amy, hasta el cielo-. Es más fuerte que empeñar los relojes de tu padre o aspirarte todo el sueldo en tres días; quizás sea una de las más absurdas y fatales de todas: soy adicta a enamorarme de puros pendejos.

No es otra más de cartas de desahogos, llena de rencores y señalamientos. Es mi “primer paso”, como dicen los psicoloquitos. Estoy admitiendo mi adicción. Estoy en proceso de desintoxicación, no me prejuzgués ni te pongás adusto o chistoso. Tampoco es fácil aceptar que tenés un problema por más pinche que sea. Y más cuando te causa síndrome de abstinencia.

Hay domingos como este en los que me quedo largo rato en la cama analizando las cosas. Y hoy hice una introspección profunda de porqué a las personas les gusta autodestruirse y pues no tuve de otra que empezar conmigo. Repasé mis relaciones, mi paso fugaz con la nicotina, mi amor excesivo por las baleadas y los postres, el sexo mañanero, las películas depresivas, la depresión como tal, puras cosas normales pues. Pero nunca me puse a ver antes que si me tropecé con tanto idiota en mi primer cuarto de siglo, nunca fue la culpa total de ellos, -decile a mi ex que ya no se mortifique, por favor-. Es ese recurrente afán de acumular amores intensos dentro de la ya catastrófica realidad en la que vivimos, me llevó al hábito de enamorarme de personas equivocadas, sin percatarme que la más equivocada era yo.

Es un acto inconsciente pero que al cabo de varias decepciones, llama tu atención. El nivel de daño es relativo al nivel de pendejéz del individuo, entre más imbécil, más letal. Lo mismo pasa con la edad. Pero en realidad no te das cuenta o no te importa. La adicción actúa justo cuando decís “él es diferente, con este sí”, y ¡pum! El vergazo.

No es con los años que te volvés más madura, es con las caídas de las nubes que te has dado. Entre más alta la nube, más fuerte el chichote y también la lección. Precisamente por la incapacidad de apuntar las lecciones en mi cuadernito harapiento, es que la sigo cagándola y cada vez más bonito, con tal estilo.

Dale, tampoco es para que te estés burlando. Te repito que no es fácil. Tengo más de un mes sin coger y sin fumar. Estoy parada entre la frontera de la pureza y la pereza. Me da una tremenda modorra solo el hecho de pensar en ponerme un poco de maquillaje, aplacarme el pelo, hacerle ojitos a uno de esos boludos argentinos que se creen apolos reencarnados, llevármelo a la cama, pedirle un porro y poner al horno otro melodrama superfluo e internacional.

Prefiero abstenerme. Seguir comiendo toda la pizza y todo el pan que pueda comprar con mi reducido presupuesto. Seguir con la sentadillas, estiramientos y abdominales del Youtube. Seguir con las películas de Campanela y las exhibiciones gratis de arte. Con los teóricos faltos de cariño que me cuesta entender, con la posibilidad de ahogarme en libros y aventarme del abismo o hacia el abismo.


En mi sobriedad estoy segura que esto es mejor a volver a recaer en el ciclo. Que muy adentro se siente de maravilla la tranquilidad que provee la soledad, aunque choque y te piquen las manos por regresar al drama. Por mandarlo todo a la mierda y volver a sentirte en ese estado de completa enajenación. Por un instante titubeás, pero lo bueno de la distancia es que no hay alternativa. Volvés a vos, pegás un suspiro y le subís volumen a la música. Es sólo otro síntoma de la abstinencia, todavía falta lo peor. Borrás toda esta mierda, te parás de la silla y empezás a mover el culo como la española del video, todo sea por la rehabilitación. 

miércoles, 4 de mayo de 2016

La bienvenida del otoño

Calle Caminito, Barrio de La Boca, Buenos Aires
Hoy cumplí un mes de estar en Buenos Aires. Para mi dicha, las aguas ya están calmas. Ya no está lloviendo, pero este frío hijueputa no cede. Es la primera vez que veo un otoño tan marcado y es precioso, me encanta. Ahora que tengo un lugar donde guardar mis libros, los pocos trapos que traje y mis pendientes, me doy un chance de salir a curiosear, a caminar sin rumbo y perderme por las calles interminables vapuleadas por hojas en el centro de la ciudad.

Alquilo un cuarto de un departamento en Recoleta, la zona cheta (de la fresada) y más pretensiosa de la capital. Mi pequeño espacio tiene todo lo necesario menos calefacción. No puedo evitar extrañar una pierna y un pechito para abrigarme y escabullirme a estos 10 grados. Es una tortura que apaciguo tomando del poco café hondureño que me queda, el que ha sobrevivido a las uñas del hijo de mi casero, don Patricio, quien al parecer le encanta el aroma de Marcala.

Don Patricio me dio buena espina desde el principio. De unos setenta y pico, calvo, con pinta de viejo hiperactivo. Siempre serio y mirando a los ojos. Tengo la leve sospecha que se está quedando sordo porque acerca el oído luego de preguntar y después vuelve a preguntar, por ratos alza muy fuerte la voz que pareciera estar puteando. Por las pocas cosas que me ha contado y las que yo todavía no me atrevo a preguntar, sé que tuvo un comienzo a su vejez muy difícil. Perdió a su esposa hace unos años, murió de cáncer. Tiene al hijo menor adicto a los estupefacientes, -l que vive en casa- enrollado con la ley y en vías de recuperación. Otro hijo se le fue para Quito y otro quien sabe donde esté pero nunca ha llegado a visitarlo durante el tiempo que he estado aquí.  

Por Don Patricio he empezado a conocer un poco la idiosincrasia del porteño: obstinado, peleonero, panadero, aficionado a lo que sea pero con toda la pasión, sarcástico y muy cordial. Hay días en los que no soporto que me pregunte lo mismo cada media hora. Que me diga Elizabeth, ¿necesitás otra frazada?, cuando ya le he respondido días anteriores que con las tres colchas que me dio estoy bien y que no me llamo Elizabeth. A la mañana siguiente viene y me dice, Elizabeth, ¿y todo esa plato es para vos sola o es para dos días? Cuando me ve huyendo para el cuarto con mi desayuno catracho. Pero en general no jode tanto. Quizás es solo su deshilachado instinto paternal, a juzgar por el recibimiento a su hijito gordito de treintainueve años, que le dio sus peores dolores de cabeza. Macrista hasta el final de los tiempos, está convencido que yo le creo todo lo que me dice. “Este país está así por falta de comunicación, yo le dicho a Macri que le diga al pueblo por qué le aumenta a las cosas. Que explique los ajustes que hace porque aquellos dos (Cristina y Néstor) se cagaron en todo.” Tomaría por tonto a don Pato si no fueran sus múltiples diplomas y reconocimientos en su estudio y en toda la casa, porque tiene una vasta y variada biblioteca y porque me encanta la música clásica que pone los domingos en la tarde aunque yo no tenga puta idea de quién es o son los artistas.

En casa viven otras dos personas además de Don Patricio y su hijo. Un colombiano y otro argentino de provincia. Antes que yo estaban dos venezolanas que solo vi de paso y me heredaron un aceite de girasol y un café de su país que aún no pruebo. El colombiano solo llega dos veces a la semana porque trabaja en Mendoza. El argentino siempre me pregunta lo que estoy cocinando con la esperanza que le convide algo pero yo me hago la loca. No es egoísmo, estoy aprendiendo a ser ahorrativa mientras encuentre un lugar donde comprar maseca sin que me saquen un ojo de la cara. Hoy no quiero hablar de finanzas y costos en esta ciudad porque me causa mucha tristeza. La otra roomie es Juana, la perra labrador de Don Patricio. Está obesa y todo el tiempo la ponen a dieta pero no le resulta. Puede oler un buen pedazo de carne a cien metros. Es una dulzura que le encanta posar cuando le sacan fotos.

En resumidas cuentas estoy bien, salvo por esos días que amanezco de nuevo en Tegucigalpa y todos sus vergueos. Cuando una noche de repente estoy llorando desconsoladamente sin saber con precisión el motivo, sólo lloro como si estuviera meando y necesitara vaciar el frasco.


Buenos Aires me ha recibido bien y yo la abrazo como puedo. Cada paso en sus avenidas me resulta magnífico, con ganas de ir más allá y comérmela de un solo bocado. No me ajustarán dos años para conocerla, ni tampoco diez. Estuve 25 años en Honduras y todavía ni la conozco ni la entiendo. Esta noche continuaré con mi ciclo de cine argentino. Ya dejé a un lado el libro de Borjes, porque me hacía caer en nostalgias absurdas, y de nostalgias ya tengo suficientes. Cada día me acostumbro más a leer las entrelíneas de Marx y lo que tratan de descifrar a Marx. El dolor en la espalda y el cuello no cede y no ayuda el ungüento que me dio Don Patricio. Ayer empecé a hacer abdominales porque increíblemente me está bajando la panza a pesar de toda la pizza y el jamón que le meto. Seguramente después tendré más chance de ver más para adentro y deshilar los dolores, por ahora solo quiero disfrutar a esta malvada maravillosa, a la gran ciudad de la furia. 

martes, 8 de marzo de 2016

EUGENIA

Pasan más de las diez y Alfonso no regresa. Con el camisón manchado con de leche, el pelo espantado, el tarrajazo en el perineo todavía fresco, los pechos hinchados, con el apellido atravesado y los treinta años a punto de estallar, Eugenia sale a buscarlo. 

Se cansó de pasearse con el chigüín en brazos por los corredores, la sala y los cuartos. Desde las seis de la tarde envió al demorado a buscar leche de vaca porque el tierno no quería agarrar la teta. Su desesperación aumentaba cuando escuchaba de su hijo aquellos chillidos que atravesaban muros y le acuchillaban el alma. Desde que nació el pobrecito sólo ha comido unas tres veces. La partera le advirtió que tenía que darle sólo pecho porque salió del vientre un poco azul. Pero Eugenia se cansó de intentar y le encomendó la tarea a su marido de ir a buscar con su hermana el alimento para el pequeño. Un tanto de mala gana, Alfonso, que recién llegaba de la carpintería, se volvió a poner la camisa sudada, agarró la cartera y salió. 

Despierta a la hija mayor, Mariana, para que le espiara al niño. Se pone un vestido limpio y, con dificultad, unas sandalias de cuero que tiene debajo de la cama. Sus pies, todavía hinchados, cruzan toda la casa con prisa para salir, no sin antes darle instrucciones a la pequeña de ocho años, quien no para de restregarse los ojos para despertarse.

Pasando la casa de Doña Aurora, la hermana de la iglesia, está uno de los lavacarros del río sentado en la acera. Lo conoce desde niño y hasta le ha hecho mandados, lo saludó con la mano de paso, pero él le señaló lo que andaba buscando.

-Si anda buscando a Foncho, su esposo, se metió desde ya ratos a la cantina de Chayo con Cachohueco y otros músicos.De inmediato se detiene y se le calienta el pecho de la cólera. Se da la vuelta y envía al muchacho a un mandado especial.

-Entrás y le decís a ese zarandajo que si no llega ahorita mismo, encuentra todos sus trapos en la calle. 
Tal cual un soldado en misión, aquel percudido salió sonriente con el mensaje en camino al chupadero. 

Eugenia regresa con el diablo dentro, una leona recién parida, desesperada porque su cría no ha comido. Entra al cuarto de golpe. Vea Mariana dormida en la mecedora con el niño sollozando en brazos. No le queda ni tiempo, ni corazón de regañarla. Se quita el vestido en un arrebato, agarra al chigüín, se sienta en la cama y le pone la teta en su boquita.

-Ya me cansé de contemplaciones. La agarrás porque la agarrás. Los dos ya estamos cansados. 
Como si el bebé atendiera a un regaño serio de su madre, encuentra la teta y empieza a mamar con la furia y el frenesí que sólo conocen los hambrientos. Ambos suspiran de alivio.

A la media hora el comensal se queda dormido y la rabia mantenía despierta a Eugenia. Se levanta con el cuidado de no despertarlo y lo pone del mismo modo en la cuna. Se acerca a la puerta y escuchó unas llaves. Alfonso por fin regresó con el encargo. Ella, sigilosa, se colocó detrás de la puerta y esperó que el marido entrara, éste, tratando de hacer el menor ruido posible, pero con la torpeza de los tragos, entró en puntillas y cerró la puerta con la sutileza de una mariposa, pero se llevó el susto de la vida. 
-¿Para dónde vas? – le pregunta Eugenia con mucho recato, sin inmutarse, mientras Alfonso pega un salta, llevándose la mano al pecho. 
-Aquí te traje la leche… lo que pasa es que me encentré a Cachohueco y se me pasaron las horas, pero aquí está lo que pediste.- le responde sin mirarla a los ojos.

Eugenia explota en cólera y le canta un par de insultos. Alfonso recuerda la plática que tuvo con su compadre Cachohueco después que recibió el mensaje de su mujer en la cantina. “Si vos le mostrás miedo a tu señora, se te va a montar. Yo tuve un tío allá por Lepaguare que era el más pataste con las mujeres, pero un día le aconsejaron que las macaneara y la suerte le cambió. Después el que mandaba era él, como debe ser pues”, le persuadió. 

Alfonso, sin mediar palabra, agarra a Eugenia por los brazos y le pega unas cuantas sacudidas. Ella, como puede, logra zafarse y le sirve tres aruñones en el cuello que encenden aún más a Alfonso, mientras rebotan en su cabeza las palabras de su amigo. Al sentirse que gana la lucha y temblando de ira, Eugenia se da la vuelta, pero no alcanza a dar un paso cuando siente un violento jalón de pelo que le arquea casi toda la espalda. Sacando la poca fuerza que le restaba, consigue morderle la mano y sale corriendo con mucha dificultad hacia el cuarto. Alfonso no la sigue. Se queda tirado en la hamaca del patio. 

Ya más calmada, pero con dolor intenso en la entrepierna y la cabeza, Eugenia se echa en su cama junto a Mariana. El bebé duerme plácido y sus otros tres hijos también. No escucharon nada. Eso la tranquiliza un poco, pero se suelta a llorar quedito. Peiensa en abandonarlo. Sabe que después de una mano levantada no hay regreso. Desde que el tercer hijo nació, hace dos años, Alfonso agarró la costumbre de irse de cantina con los amigos, por eso discutían casi a diario, pero nunca fue un borracho violento, al menos no hasta hoy. Sabe que la ha herido a profundidad más allá de los golpes y no piensa ahogar su resentimiento.

De hecho nunca lo hizo. Recuerda aquella vez, cuando Alfonso empezó a llegar tarde. Le sirvió el desayuno frío, con el café sin azúcar y los frijoles con olor a quemado. Él se comió todo excepto los frijoles. A la mañana siguiente, sin hablarle, si quiera, le volvió a servir los mismos frijoles, pero esta vez con un huevo crudo. Alfonso, no renegó, no dijo nada. Sólo aceptó el mensaje, se levantó y se fue a comer a la calle. Al otro día, en la mesa seguían los frijoles y el huevo que ahora olían a podrido. Alfonso no pudo más. Le pidió perdón a Eugenia y no volvió a salir durante un mes. 
Pero el cambio le duró poco cuando llegó Cachohueco al pueblo, no se veían desde niños y el reencuentro ameritaba celebrar. Esa noche llegó casi a las cuatro de la madrugada y Eugenia había cerrado todas las puertas de la casa. Alfonso tampoco renegó y se quedó a dormir en la acera de su propia casa. Después las salidas eran constantes a Eugenia se le acortaban las ideas para castigarlo. Ese día finalmente se hartó. 

Ya faltan poco para las dos De la mañana y no ha pegado el ojo. Se levanta a ver el bebé y sigue durmiendo, plácido. De la repisa desconecta una lámpara, una de las que le heredó su madre, Teresa. Se dirige al patio y observa a Alfonso durante unos minutos mientras escucha los estruendosos ronquidos. Eugenia le pega una sutil patada en las nalgas colgantes , Alfonso se suspende en un grito ahogada y ve a su esposa con los brazos extendidas con una lámpara en manos.

-No sé si te vaya a perdonar lo que hiciste. Lo que sí estoy segura es que no me volvés a poner un dedo encima porque antes, te morís. Te lo juro por mis cuatro hijos.- le advierte con una voz pacífica pero firme. Alfonso, asustado como ternero tierno, le cree cada palabra y le suplica con la mirada que no deje caer esa lámpara. 

Eugenia, sabe que volvió a ganar. Pero algo dentro de ella se había apagado para siempre. Al siguiente día Alfonso no sale, se queda en casa ayudando a cuidar a los otros niños. Aún no se hablan, pero él no resiste la indiferencia de su mujer. Al cabo de unas semanas ve que ni quedarse en casa todas las noches, hasta los sábados la contenta. Sin saber qué hacer empieza a ayudarle en tareas que nunca en su vida hizo, como preparar la cena. De vez en cuando, los plátanos mal cocidos, le sacan una que otra sonrisa a Eugenia, sin embargo, en ella se ha instalado un resentimiento invisible. Una duda que duerme todos los días entre ellos. La certeza de que nunca más le volverá a ver igual.


domingo, 3 de enero de 2016

La Mochila Liviana

En unos cuantos días estaré -posiblemente muy borracha, con mis mejores amigos en algún bar de medio pelo- celebrando mi primer cuarto de siglo. Nunca he sido buena para reflexionar por cada cagadal cometido en el año y mucho menos he tenido la voluntad y la no-pereza para enmendarlos. Yo creo que de eso encargará la vejez.

Por mientras, voy cargando en una mochilita de cuero falso y tapizada con papel periódico, una serie de tonteritas  que yo guardo porque –supongo- me servirán en el camino; sin embargo, con el andar, se va volviendo más pesada y mi espalda que ya de herencia tiene los achaques, cada vez suplica más –entumecida y roja- que le quite un par de cosas, para seguir avanzando más tranquila y liviana.

Es por eso, que pasados los rituales ridículos y gulísticos de las pascuas y del año nuevo, aprovechando la víspera del aniversario, con mi cuarto de la casa de mi madre, que ya no es mi cuarto sino una bodega de ropa y retrateras quebradas, me dispuse a revisar esa mochila deshilachada, tratando de depurar lo que ya no me sirve.

Al principio fue fácil. Lo que está encima, ligero se va a la basura y más tarde se compra en la pulpería. Empecé por quitar los chicles. El esmalte de uñas rosado –para eventos de emergencia-que nunca uso porque me gana la pereza. Los tampones que siempre son oportunos. Las anticonceptivas –las fieles compañeras- que es mejor no sacarlas por si olvido guardarlas de nuevo.

Más adentro estaba un peine con pelusa, un lápiz tinta negro, un monedero más lleno de facturas que dinero, un celular de tres años a punto de morir, monedas, más monedas, sucio, recado de marihuana, más sucio, más facturas.

En las bolsas especiales, un manojo de llaves –que nunca encuentro. Mis identificaciones con foto de cachetes inflados. Papeles que, con el afán de liberar te esclavizan más al mundo pero que ahí los andás para no descuadrar. Una fotografía del papá, de la mamá y de los abuelos. Mis non gratos shorts, un antiácido, un calzón limpio. Un amuleto robado y más facturas que salen de la nada.

La cosa se va volviendo impaciente cuando te encontrás de pronto con todo aquello que creíste haber dejado tirado, enterrado u olvidado en el camino sin intenciones de volver a encontrarlo. Y me tuve que sentar un rato. No para reflexionar, no para nadar como los mártires en el dolor o para podrirme de odio o para volver a sentir ese amor desmedido. Sólo quería detenerme a contemplar eso que me transformó en lo que ahora soy –para fortuna o desgracia-.

Para escarbar un poco más, sabía que tenía que tomarme el tiempo necesario... y respirar. Me reí con las cartas que envié y me reí aún más con las cartas recibidas. Ahí están todavía las cajas de regalo que le di para su cumpleaños. Sin explicación alguna, todavía está ese cursi y largo poema que me escribió para (obnubilarme) enamorarme. Están ya inertes las ganas de verle, de oírle, de escucharle, de platicarle. Los besos que duraron horas y días y que brotaron mares y lagunas de aquel cuartito. Todavía está esa noche, de tantas, que llegó impaciente a tocarme. Sigue también ahí, aquella tarde, de varias, cuando me dejó sola, de pie, con el beso en la boca, con mil dudas y con el cariño ciego, como la más idiota de las idiotas. Siguen ahí mis 23 y mis 24 con los ojos hinchados. Para mi sorpresa ahí está todo, todo menos él ni el amor que me hizo sentir.

Yendo para lo más profundo, hay otras cosas con varias capas de polvo que es preferible no sacudir para evitar una pequeña catástrofe, como aquellos orgasmos infinitos que por poco y desembocan en adicción. Por otro lado, hay otras que por más que les eche tierra por más de una década nunca dejan de estar, pero se acomodan al ritmo de la caminata y a los zapatos para poder seguir.

Ya la faena de depurar se va transformando en una especie de catarsis y el aire se vuelve menos pesado. Me encontré luego, a cada tropezón que di, desde los que dejaron marca en mis rodillas y los que dejaron marca en los demás. Por suerte, ahí sigue una sonrisa esperándome. Un pequeño albor que me entendió y decidió esperar.

Al final de la pequeña bolsa todavía quedan residuos y basura. Quise sacar justamente eso, lo que sobra, lo que no me sirve. Las facturas, el sucio, los pelos, el paquete vacío de chicles y el recado contaminado de mota junto a los amores que ya cumplieron su labor: vinieron, jodieron y se fueron. 

Una vez sacado todo en la mesa, sacudo la mochila, con mala técnica y sopor me dispongo a coser lo que está roto y de a poco, voy metiendo de una a una, cada cosa que fui sacando. Pero esta vez, cambiándoles de lugar y acomodándolas. Sin que choquen unas con otras para que convivan mejor y me dejen vivir más tranquila a mí y a mi espalda.


A simple vista, la dinámica funcionó. Me paré firme descalza y me puse otra vez la condenada mochila. Sin duda pesa muchísimo menos, pero sé que todavía falta mucha limpieza. Sigo aprendiendo a buscarme y encontrarme la paciencia. Aún queda espacio, pero hay ciertos miedos que siguen estorbando. En este preciso momento agarro los zapatos más cómodos y me aventuro de nuevo al camino. Me encanta la idea. Voy en paz y voy feliz mientras pienso que no está nada mal para tener a penas 25 y seguir cargando con todo y mis vidas pasadas en esta espalda de anciana, esperando con los brazos abiertos para seguir guardando más recuerdos, más amores, más dolores.  

domingo, 1 de noviembre de 2015

NO ES UNA NOTA SUICIDA

Esta tarde llegué justo a la hora de la muerte. Recién me fui un poco muerta a rodar por ahí, ahora ya me he convertido en la Catrina de los lamentos.

Tengo derecho a quejarme, incluso cuando no hay motivos o cuando hay todos los motivos. Se viene un extraño placer cuando hay dolor pero cuando llega el vacío, también llega la muerte.

Me voy a permitir ser la calavera garbancera aunque corra el riesgo de acostumbrarme o a cansarme de serlo. Aquí no hay más. Lo sé, tantas veces lo dijimos. "Se acabó. Adiós, que te vaya bien. No sirve. Te amo, pero... Ciao. Imbécil. No te creo."

Sólo cuando se ve desde arriba, se aprecia el camino, es cierto, ya era muchísimo antes y ahora sí ya fue demasiado. Tampoco es que ayer no lo hubiera sabido, pero ya se agotaron las vendas. Los argumentos. Las excusas. La necedad. Tuvo que pasar el cataclismo para avistar mejor las heridas y son muchas, son profundas de este lado.

Tanto que me he muerto, por eso es imposible el regreso. "Te extraño. Hay que tratar una vez más. Abrime la puerta." No. No se puede ir a hablar con una muerta. Y no, no se puede ir a hacerle el amor a una calaca. Yo, ya no estoy.

Y como ya no estoy, puedo estar en cualquier lado. Pero ahorita, justo en este momento, quiero estar con mi cuerpo inerte. Voy a elegir mi cama como tumba. Las luces de Teguz van a ser el purgatorio, versión bonito sin dejar de ser amenzante. Voy a estar sola en mi vela, sin mayor compañía y rezadoras que la película hondureña que están pasando por el cable, para poder morir de total decepción. Causa de muerte: Asfixiada por el mal de amor y por el mal cine de su país. Que pongan eso mismo en la lápida.

Cada noche aprecio más el silencio. Si bien, he ido falleciendo con cada amanecer, ahorita que soy un zombie inofensivo, tengo más tiempo para ocuparme en las cosas que se disfrazan de importantes, como el trabajo, por ejemplo. He contado los últimos días tantas líneas blancas de carretera que cuando cierro los ojos para sacar algún recuerdo de archivo, se dibujan unas  miles y se distrae el bibliotecario. Esa también es una de las ventajas de estar muerta: la distracción.

Con esto no quiero que él se hinche de soberbia, como ya es su costumbre. Si estuve mal fue por sus golpes, si estuve peor fue por mis propias decisiones. Ay, el ego que nos coge sin misericordia.
La era de culpar y señalar quedó allá en la tierra del olvido. Las culpas están muy bien distribuidas, aceptadas o negadas. Y si me estoy dando el lujo de morir es porque tengo la certeza que voy a resucitar... pero muy lejos de su boca mortífera.

Cuando se quiere de esa manera a un monstruo, se corre el fuerte peligro de convertirse en uno. Por eso es mejor partirse en pedazos antes de cometer la infamia de dañar a quien amás. Antes de que crean que sos igual que ellos por seguir allí, inmune, sin mecanismos de defensa, esperando otro golpe a puño limpio. Eso ya fue. Aquí no queda más.

Encima de todo, ha costado más contener las ganas... pero ahora, finalmente se han esfumado, quizás por eso ya me resigné. Me llevó la muerte y atrás se quedaron mis rodillas resquebrajadas cuando sus besos, cuando su olor, cuando su boca me trastocaban hasta la fibra más minúscula del cuerpo. Y si eso ya no está, ya no hay nada. Ya no estamos. Estamos extintos. 

Es raro, pero queda una sensación de alivio y hasta de paz cuando sabés que ya no hay marcha atrás. Ya no vas a ser la que fuiste y ahora tenés la enésima oportunidad de ser una mejor versión de vos. Las dudas siguen ahí, la rabia sigue ahí fraguando en algún momento de la tarde, casi después de almuerzo, pero acá ya se instaló el vacío y los desbancó a todos, incluso a él. Dejame ser una muerta feliz. Prefiero eso a volver a creer una sola de sus mentiras. Eso es morir de a poquito. Eso es brujería de alfileres gruesos. Eso es cualquier cosa menos cariño.

Pero, ay... los reproches me han despertado una pereza mortal y yo preciso de energía para seguir mi proceso de resurrección. Así como las muertas y los muertos necesitan descanso para regresar, yo también tengo que volver a dormir sosegada para estar viva, cuando sea posible.

Por mientras voy a partir por un rato indefinido. Quiero salir de la galaxia, si me dan el chance, por supuesto. Aclaro que no es una nota suicida. Ya ratos me morí pero no había tenido el chance de avisar. La muerte es un poco cansada, y aunque no parece, te absorbe mucho tiempo útil. No es fácil andarse muriendo así como así por la vida.

Esta noche que será interminable, me retiro para seguir durmiendo/muriendo.Voy a disfrutar un rato mi luminoso purgatorio y quizás más tarde, el televisor me acompañe con una propuesta menos despreciable. Estoy realmente cansada. Lo pienso dos veces antes de levantarme para ir a exprimir un par de naranjas a la cocina y evitar un eminente resfriado. ¡Pero ya estoy muerta! Una pinche gripe no me haría nada si soy la Catrina.

Se siente bien morir así, con un pacto especial conmigo misma. Una promesa que sólo yo me podré cumplir. Pero eso sí, ay de mí si dejo que sus manos me vuelvan a tocar. Si yo le abro la puerta de mi casa otra vez, que me entierren parada, por favor. No se puede fallecer dos veces por la misma razón. Es mi deber supremo, entonces, procurar -al menos- morir por algo que sí valga la pena, sin tener que morir.

domingo, 26 de julio de 2015

HASTÍO

El hastío casi nunca es inoportuno. A veces llega en el momento más indicado. Unas dos o tres veces por semana el hastío se duerme y se despierta conmigo. Es como un recordatorio porfiado que me golpea con el dedo índice la cabeza y me dice: ya fue suficiente. Cerrá la puerta con candado y tragate la llave.

Pero lo que no sabe el maldito hastío es que yo puedo ser más tozuda y cabecidura que cualquiera, incluso más que él.

De todas formas, el hastío siempre es bienvenido, sin preguntar quién lo invita, pues al menos de algo o de mucho ha de servir. ¿Qué lo causa? Fácil de adivinar. De por sí vivir en la más grotesca de todas las junglas de este desvergue de mundo, es razón suficiente para caminar con estrés, pero es más que eso, es lo inaudito.

Es lo cotidiano. Es a lo que el cuerpo y el cerebro se van subyugando sin derecho a prórroga. Es aceptar ver la mierda caernos en la espalda. Es agachar la frente, apretar los puños y seguir acumulando rabia para escupirla en el momento menos indicado.

Es la paciencia disfrazada de amiga. Es levantarse de la cama con los párpados pegados para ir a trabajar. Es el deseo inmenso de quedarse tirada viendo películas, comiendo helado con banano y nachos con queso. Es aventurarse al tráfico de la mañana y seguir fantaseando con la cama, la única cosa en la vida que no te juzga, no te reprocha, no te jode.

Es el ruido. Son las voces internas y externas que nunca se van a callar. Es el pito del taxi hijueputa que descaradamente te rebasó y que retumba justo en la amígdala cerebral. Es soportar las tareas con las que no estás de acuerdo. Es andar el yugo en el cuello. Es apretar los dientes para no decirle una grosería a quien te paga un salario. Es depender de ese pinche salario.

Es posponerlo todo. Engavetar los pendientes y pensar que de alguna manera el hada fumada de la suerte los va a resolver con su magia. Es pasarse de pendeja. Es encontrarse en los bares a los mismos idiotas que se creen intelectuales hablando las mismas idioteces con otros idiotas que los hacen creerse intelectuales.

Es estar hasta la verga de todo y todos hasta de lo que no se palpa ni se huele, lo que no existe.
Es esta maldita cultura de mentirosos, cuatreros y malcogidos que te arrastra a ser del montón y a pesar de que al principio te resistís, ahí terminás bebiendo y fumando con ellos en cualquier trinchera.
 
Son las deudas; las materiales y las espirituales. Son los bancos acosando los domingos. Es la novia psicópata y el compañero infiel que le desató la locura. Las abolladuras en el carro y en el corazón.  Son los gustos finos en el arte culinario, es la ajustadilla a fin de mes para pagar la renta. Es seguir comprando libros que sólo te sirven para atrapar el polvo, es seguir comprando ropa que no te ponés porque ya te aburrió salir.

Es aguantarte la pena ajena cuando escuchás el discurso de aquel maje gay más asolapado que John Travolta hablando de lo rico que es cogerse a tres mujeres en una noche. Es soportar a tus amigos pues porque no hay de otra. Es aguantarse una misma porque todavía no es legal la eutanasia en nuestro potrero cinco estrellas, -aunque la muerte sea acá gratis.-

Es la jura, el dictador, la autócrata, los traidores, los arrastrados, los bulliciosos, los valeverguistas, los que arman el conjunto de esta despijencia pavorosa que me receto a diario junto a ocho millones más.

Son las frases culeras como “se saludable”, “tenés que cuidarte”, “es lo mejor para vos”, “que estés bien”, “sin vos no vivo”. Pendejadas así.

Es irse a correr cuatro kilómetros sin parar, para poder respirar. El hastío tiene ese poder de renovarte los pensamientos y reacomodarte las prioridades, aunque mañana volvás a caer en lo mismo.

Es meterte a la ducha por una media hora para pensar en ese que también te hastía pero que te confiere los más increíbles orgasmos. Es ponerse el pijama sin calzones y tirarse a la cama con la mente en blanco. Con el teléfono y los pensamientos en modo silencioso. Concentrada en el techo del cuarto nomás, tarareando una canción que te gusta  hasta caer profundamente en el sueño, sin advertir que mañana lunes podría volver sin previo aviso el incómodo hastío, porque esta noche, todo lo que te importa en la vida es… dormir. 

domingo, 3 de mayo de 2015

El Monstruo


Esa mañana me desperté temprano porque tenía reunión con el trío subversivo contra las fuerzas oscuras que sin aviso previo nos habían dejado deschambadas. Sólo los quecos, los zacundos y el poco aire que se filtra en ese cuarto fueron testigos del enorme esfuerzo que hice para levantarme de la cama. A penas y podía abrir los ojos. Mis párpados pesaban una libra cada uno. La nariz extinta y mi boca más reseca que una pampa en pleno verano.

No había pasado mucho tiempo, pero fue día tras día que la avalancha se venía haciendo más grande y cuando llegó a la categoría infinita, sólo me di la vuelta para dejarla caer en mi espalda. No tenía chance para elegir uno por uno mis nudos para desenredarlos con paciencia, aquello era como sacarle piojos a un murruco, simplemente imposible.

 Dejé que todo se juntara para que me dieran el tiro de gracia. Ya no había más que perder. Ya en el inframundo lo que queda es terminar de ahogar la razón y entregarte  resignada a la oscuridad con los brazos abiertos.

Recién amanecía, así que todavía estaba muy opaco. El espejo que estaba a propósito algo escondido no me alcanzó a ver. Me quité la ropa, con toalla en mano y con mucha dificultad para ver, entré al baño y al unísono de la ducha, cayeron en cascada las últimas lágrimas.

De pronto todo aquello me pareció tan risible. Se lo atribuyo a los rayos del sol, que ahora me daban directo a la cara y me recordaban que ya era el momento de salir, de escurrir los mocos y olvidar.
Me puse cualquier ropa en un destello. Por suerte el pelo estaba apacible y no ocupó mayor ayuda. Cuando el raciocinio empezó a entrar por goteras a mi cabeza, me dio por ponerme una crema humectante en la cara. Busqué el espejo antes de la crema y mientras miraba en la gaveta, mi reflejo se colaba por la vista periférica. Mi reacción fue seguir buscando dentro para no voltear a ver, justo pasa eso cuando te encontrás a alguien y no lo querés saludar, pero el maje se te acerca con la mirada insistente, y ni modo, te resolvés a verlo.

Aquella imagen me impactó demasiado y no pude seguir viéndola por más de tres segundos. Una oleada de cólera se apoderó de mi estómago. Tenía la cara de Rocky Balboa al final de aquella pelea épica. Incluso se veía peor. Parecía un tubérculo rellenado de bótox. Más hinchada que la preeclampsia misma.

A la cólera sólo la pudo aplacar el miedo y la vergüenza. El miedo era por no reconocerme en ese rostro y la vergüenza por creer que estaba exagerando. “¿Vale la pena este drama para llegar a este nivel de explosión cerebrocraneal?” pero no era minúsculo lo que había pasado y al fin lo entendí.
Me senté en la esquina de la cama. No iba a permitir que nadie me viera así. Agarré el télefono. Google. Ojos hinchados. Cucharas congeladas. Pepinos. Hielo y mucha agua. Eran solo unas de las opciones. Y justo antes de ir a buscarlas, puse la cámara, me tomé un selfie y con todo el afán de recriminarte y hacerte sentir un cuarto de miserable de lo que me sentía yo, te mandé la foto. Una prueba oficial del cadáver. Una fotografía de un monstruo, el más triste y patético que jamás hayas visto.

Cuanto más trascurrían las afanosos horas de aquel afanoso día, la afanosa hinchazón cedía. Manejé como flash al punto de espera con un ojo tapado por la cuchara helada. Mientras trascurría otra batalla en una pantallita de mierda, mi cara volvía a la normalidad, pero la ira seguía intacta. Como suele pasar en momentos de crisis, busco mecanismos de defensa efectivos para no darme el lujo de perder la cordura por completo.

Así que puse música y el día mejoró.

Pero pensaste que no me dolía, que no me duele. Que al traspié de volver a besarte, se fueron ahogados en saliva todos los dolores. Te pregunté alguna vez, por qué lo hiciste y no supiste responder. Ahora me da miedo saber.

Qué atrevimiento al decir que para mí no fue tan “importante” como debió serlo. Si pudieras ver -y no precisamente estar- dentro de mí, sabrías que hubo antes un camino largo de frialdad y amores superficiales que me trajeron a vos. Pero asumís saberlo todo de mí y sos muy tonto para entenderlo.
Ahora ese monstruo al Rocky style no ha vuelto a encarnarse en mí, por dicha, o por escases de líquido lagrimal o porque simplemente ya no me da chance y prefiero dormir. Aunque razones no me faltan, aún tengo latentes el monstruo de la duda, de la desconfianza, del deseo.

El invencible monstruo de la mentira que se interpuso en esto que llamábamos REAL.
El monstruo que se aparece de vez en cuando en vos para lanzar flechazos que siguen doliendo acá.
El monstruo de la espera, que me mantiene a mitad de camino para ofrecerte mi alma tijereada.


Todos ellos muy grandes y terroríficos, se han topado con los tuyos, con los ajenos, que son cientos y son gigantescos, pero nada comparados con el monstruo de las ganas que todavía me dan de amanecer abrazada a vos con tus manos asidas a mis caderas, con ese olor de los dos que parece encantar a la cobra más venenosa. 

Es ese mismo que en forma de mantra me aseguran que un día vendrá la paz que tanto añoramos, incluso si tomamos caminos distintos.