miércoles, 29 de marzo de 2017

Otro adiós definitivo


Querido Perro Samurai,

Hace rato dejé de contar los días que había pasado sin verte. Ya no volveré a hablar en plural cuando me dirija a vos. El “nosotros” y “lo nuestro”  ya no existen. O al menos así debería ser.
He pasado horas enteras sin pensarte aunque de repente te aparecés por ahí en algún sueño y luego amanezco de muy mal humor. No me acostumbro todavía, pero creeme que trato. El café ayuda, pero no siempre.

Paso mis días tranquilos. Dentro lo que puede llamarse “tranquilo” en este hoyo caótico e infernal que es Tegucigalpa. He comido cuanto he querido y no, no he aumentado de peso, y sí, he bajado (al menos) un par de libras. No lo notaste, o, más bien, no lo admitiste porque sos un idiota y te encanta joder. Pero me gusto así y sabés cuánto me encanta verme y que me veas desnuda.

No fue fácil el regreso. Ya te lo he dicho tantas veces, a vos y a todas las personas que han tratado de ver a la misma que era hace un año. No me escuchaste cuando te dije que era distinta. No has estado ahí lo suficiente para notarlo. No he dicho que cambié para bien, pero ya me conozco mejor, me caigo bien y sigo cargando mis traumas. Sí, esos traumas que decís te preocupan. No son tan pesados como parecen. A mí lo que me revienta es que las cosas no me salgan como yo quiero y por eso estamos aquí, actuando como extraños.

De verdad no es fácil. Extrañarte de cerca es mucho más difícil que estarte queriendo allá, en el fin del mundo. Entre la cordillera nevada, los desiertos, las playas y la selva todo parecía más liviano. Todo el camino de regreso a casa te pensé y te anduve conmigo. Cada cosa nueva, cada aventura, cada sabor, lo iba guardando para contarte y que no te perdieras cada detalle.

Hacer ese viaje ha sido lo mejor que he hecho en la vida y quería compartirlo con la persona que me incitó a hacerlo. Creyendo que todavía podías ser mi compañero, mi amigo. Estuviste ahí todo el tiempo, sólo conmigo, incluso cuando dejaba de quererte. O cuando me daban ganas de estrellar el teléfono con tu cara en la pared en esas últimas videollamadas. Ya empezaba a pensar que era amor del bueno cuando seguía queriéndote aun cuando ya no te soportaba. No te soporto, de hecho. Nunca lo hice. Pero era peor estar sin vos. Es peor estar sin vos.

Ya nos hemos dicho, reprochado y herido lo suficiente. Pero necesitaba escribirte una última vez. Con vos aprendí que el nunca jamás quiere decir tal vez. ¿Cuántas veces me has dicho adiós? Porque no hay manera de ser polite al decir no. Antes de los gritos y de los portazos todavía seguías estando en ese lugar que nadie nunca pudo llegar. Ahora vamos caminando, cada quien por su lado, aunque no sé exactamente dónde.

Te contara de mis días en mi nuevo trabajo. En lo feliz que me hace. En las esperanzas que tengo de mi nuevo viaje. Que la maleta que llevo es mucho más liviana. Que cuando me voy manejando a Olancho pongo el mismo disco de The Doors. Que volví a comprar baleadas en el barrio donde vivía antes de irme. Ahí donde pasé más horas con vos que conmigo o cualquier otra persona. Que no puedo evitar sonreír por ratos cuando me acuerdo de alguna de tus tantas locuras. Que he hecho de todo y siento que no hice nada porque el tiempo se me pasó en un suspiro. Que ando buscando crear nuevos recuerdos en los que no estuvieras vos. Que me tatué, me fui al mar, conocí nueva gente, que he dormido abrazada con alguien más. Que aunque no lo admitiera antes, me jode tanto que estés con alguien más. Por eso no encuentro otro mejor remedio que la distancia.

Es extraño ver de nuevo el cuadro de Chaplin en el piso de otra casa. Lo he bajado del carro hasta ahora. Entre la ciudad que se incendia, -literalmente-, las novelas trágicas que nunca acaban en este país, las clases, los trabajos y todo lo demás que no está en mis manos, llego siempre cansada y con hambre a casa pero hoy me tiré a la cama con dolor. Me duele profunda esta nostalgia aquí en la boca de la panza. No pudiste ni siquiera desearme un feliz viaje, pero yo tampoco pude bajarme y darte un último abrazo.

Ese mismo miedo a perder fue lo que me trajo hasta aquí, es el que me da la fuerza para huir. Quizás después, mi loco, nos veamos a la cara sin dolor o pesares, sin esas ganas de herir. Ahora no veo claro el final del túnel pero tal vez volvamos a cagarnos de risa de la vida. A hablar de las teorías del universo y tus locas conjeturas con un porro en la cabeza. Quizás, cuando ya nadie termine sobrando en la ecuación ni hayan terceros.

Gracias por enseñarme a hacer una maleta y por haberme apoyado hace un año para irme a la mierda de aquí –aunque me lo hayas reprochado después-. Gracias por todas las veces que me hiciste reír hasta el dolor. Por las sesiones de mordidas antes –y después-de hacer el amor. Por las tortillas con quesillo y aquella deliciosa sopa de frijoles que hiciste para mi regreso. Por todas las veces que estuviste ahí. Por dejarme conocer y querer a Romeo. Por tus incontables ocurrencias. Por esos últimos orgasmos.Gracias por mostrarme otra forma de amar.

No sé si sea el adiós definitivo, ya han sido muchos. No sé cuándo te vuelva a ver, pero de algo estoy segura: nos encontraremos y no seremos los mismos. Vos tendrás más arrugas y yo me seguiré poniendo cada día más buena.

Que estés siempre bien, mi amor. 


Lizbeth. 

domingo, 19 de febrero de 2017

ÁGATA ROTA


Me desperté a las siete y cuarenta con el pecho oprimido. Ahogada por el sopor del verano naciente y por las incontables almohadas en la cama. Ya no quiero volver a sentir esto, pensé. Ya pasaron las noches necesarias, ya están completas mis veinticuatro horas, duermo lo suficiente y me despierto temprano, me reproché. Cuando no me gana el cansancio hago mis ejercicios,  tomo mis jugos verdes por la mañana y mis cervezas todos los jueves, leo más que nunca y me doy el lujo de sentarme a ver varias películas o series durante la semana. No tenés tiempo para tener pesadillas, le dije a alguien que no sé exactamente quién es, pero desde hace ratos duerme y amanece conmigo.

Con el sueño espantado en pleno domingo me levanté a revisar gavetas y mochilas. Limpié la arena del trípode y sentí que el mar con todo y olas me aplastaron el cráneo. Me senté en la cama y saqué cosa por cosa. Las pastillas que quedaron a la mitad. El chap stick de sabor cereza que me robé de un supermercado en Cuzco. Los caramelos de coca. El libro de cuentos de Córtazar que una vez me regaló Gustavo, a quien le gustaban  mis ojos, o al menos eso decía la dedicatoria. Los tickets cortados de museos, sitios arqueológicos y facturas, muchas facturas. En la bolsa secreta de esa mochila que ya se volvió mía para siempre, estaba un cuarzo enredado con otra pulsera bordada. Me sorprendí sonriendo. Mientras la liberaba con su collar de hilo grueso, pasaba la secuencia de su historia en mis manos. La calle del mercado de las brujas en La Paz. Los bordados, los cientos de colores, la infinitud de personas chocando entre sí. Yo, maravillada sacando fotos y tropezando con los muchachos de los cuarzos.

-Con cuidado,- me dijo un hippie moreno con una sonrisa colosal.
-Mejor saco mis lentes- le respondí.
Trató de adivinar al tiro mi nacionalidad. -¿Colombia?,- mientras me apuntaba con el dedo gordo.
–Honduras.-le dije, sin ganas de quedarme a platicar.
-¡Honduras! Islas de la Bahía, La Ceiba, Río Cangrejal, Lempira, hermoso país ese. El mejor ópalo que he conseguido.- me contaba emocionado.

Me senté en la acera con él mientras le empezaba a preguntar el nombre de cada una de las piedras que tenía bien colocadas en una manta blanca. Me contó el compa - que resultó ser brasilero y licenciado en Sociología- que anduvo en Marruecos, Italia, India, España y tantos otros lugares que no recuerdo. Andaba con una minivan recorriendo toda Latinoamérica –por segunda ocasión-. Me dijo que en Honduras estuvo dos meses y que algunos amigos le aconsejaron que no se quedara en Tegucigalpa y/o San Pedro Sula. En Rotán, les vendió a los gringos sus piedras (muy caras) y se ajustó el pasaje para irse a Guatemala y luego a México. Llegando a la tierra de Zapata decidió regresar al monstruo del Sur, se compró la nave, dejó nuevamente a su familia y a su gata. Ya tenía meses viajando sin rumbo fijo. “Siempre es difícil dejar lo que uno más quiere, pero es más difícil no hacer lo que uno más quiere”, me decía siempre con esa, su sonrisa más grande que Brasil. 

Después de platicar un buen rato me despedí porque llegaron otros clientes que sí estaban dispuestos a comprarle cuarzos. Seguí mi camino y llegué a una tiendita muy parecida a todas las demás. Afuera estaba la dueña, una indígena con su traje típico impecable. Sentada y medio dormida. Con sus manos trabajaba una artesanía. Le pregunté cuánto costaban los collares de semillas. Pensaba llevarle uno a alguien. Sin abrir los ojos y a secas me dijo que todos valían diez bolivianos. Entré a la tienda sin pedir permiso, empecé a buscar y ninguno me gustó. Busqué más al fondo y detrás de los bolsos bordados, vi que se asomaba un collar distinto a los demás. El collar de hilo verde, corto, muy corto. La piedra era de colores tenues, tallada y estaba quebrada pero eso no le restaba encanto. Sin dudarlo lo compré y la indígena finalmente abrió los ojos, pensé que me pediría más por ese, pero no fue así. Salí casi corriendo de regreso a la calle de los cuarzos, a mostrarle mi adquisición a mi nuevo amigo de paso.

-¿¡Diez bolivianos!?.- exclamó con los ojos bien abiertos.
-Necesito que le pongás un collar más largo.,- dije.
-Imposible, arruinaría el trabajo anterior. A mí me gusta tal cual está.- contestó.

No insistí. Tenía razón. Pensé en pedirle una oferta para vendérsela. Me arrepentí. Me dijo que era una piedra Ágata. Que sólo la había visto en Brasil y en Marruecos, pero sospechaba que también había en Argentina. Que no costaba tanto pero que era semipreciosa y si le daba un buen uso me serviría de equilibrio emocional-espiritual. Me reí. Siempre me he reído de los amuletos pero siempre que puedo los ando cargando. El ónix, que le compré a Ezequiel y que no recuerdo para qué sirve. El rosario "bendecido en Roma por Benedicto" que me regaló mi madre me acompañó todo el viaje y ahora me hace barra guindado en el espejo del carro. Un lempira doblado en mi cartera y la virgencita de la concepción de plata que anda cuidando mis deudas en la cartera. Que más daba otra superstición en mi andar. Eché la piedra a mi mochila y no la volví a sacar hasta este día.


-Vos me vas a proteger de las pesadillas,- le ordené o más bien le supliqué. Me la colgué al cuello y le di las gracias. Recordé ese pedacito del viaje y me sentí mucho más tranquila. Agradecida que aquello pasó de verdad y que Ágata, toda rota, justo como estoy yo, me encontró y se quedó conmigo para que yo la reencontrara esta mañana, con la promesa de no tener miedo las noches siguientes al cerrar los ojos.  

domingo, 9 de octubre de 2016

El loco del británico

Llevaba casi una semana entera visitando el Bar Británico. El típico café porteño antiguo, ubicado en la esquina para mayor cliché. No iba con tal voluntad propia pero me gustó desde el primer momento. Manteles blancos, el piso de madera, muy viejo pero siempre limpio. Estoy segura que lo visité por primera vez hace varios meses, poco antes de mudarme a este barrio, pero el embrollo y la prisa no me dejó conocerlo a detalle. Es muy lindo. Es una ventana pequeñita a la realidad que viven los bonaerenses, locos todos, pero en especial él. Creo que uno de los meseros, - todos hombres-, le llamaba Jimmy (o Shimy, para ser más descriptiva). Fue difícil distinguirlo del resto de los clientes, pues hay cada personaje en cada una de las mesas. Su diferencia es que éste no era tan repetitivo.

En cualquier lado te encontrás la misma escena. Señoras de edad, clase media, jubiladas, con las amigas de toda la vida, tomándose el café de ochenta pesos incluidas tres medialunas, como si nunca hubiera llegado el tarifazo a sus puertas. Por otro lado, y casi siempre cerca de la puerta, está el típico viejito con boina y anteojos leyendo el periódico y tomando un cortadito. Nunca faltan esos que tienen pinta de chicago boys, al lado un Sandwich integral y con ellos nada más que el teléfono y la MacBook.

Pero Jimmy era el que más se hacía notar, al menos para mí. Todavía no sé con certeza en qué momento captó mi atención. Cuarentón, no era tan alto, era muy flaco como una varilla, nada guapo. Pero sin duda fueron sus esferas de papel. El tipo llevaba con él una especie de bola de fútbol de papel china con recortes y salidas extraños, cada día una distinta. La colocaba sobre la mesa, junto a una botella cinta roja frente a él y luego se sentaba en su silla. Se levantaba y la volvía acomodar. Se volvía a sentar. Se tocaba la barbilla mientras la observaba fijamente, como niño asombrado y curioso. Tomaba otro sorbo de ron. Se quedaba ahí un rato hasta que el mesero rompía el hechizo.
-Jimmy, la cocina está por cerrar, ¿querés algo más? - le pregunta el mesero más viejo.
- No, gracias, estoy bien.- le contesta en un español mal pronunciado.


No podría adivinar de dónde venía ese acento pero supongo que era británico, igual que el nombre de aquel refugio -que tiene colgado un cuadro mediano de Las Malvinas-. Sin embargo, podía juzgar por los pantalones a la cintura, el sombrero negro y las mejillas enrojecidas que el tipo andaba de paso... o tal vez no.

Al tercer día de llegar al bar con la plata ajustada, y de encontrarme a Jimmy con una esfera mucho más frondosa y extraña, él actuando más ansioso de lo normal y acomodando una y otra vez una botella muy fina de vino blanco. A la media hora lo vi salir apresurado dejando todas sus cosas. Por la ventana vi que le hacía señas a una camioneta para estacionarse justo frente al bar. Volvió a entrar y a los dos minutos entró una mujer rubia, de estatura mediana, con jeans, tenis y camiseta, aparentemente la misma edad que Jimmy. Ambos se fundieron en un beso, de esos tan intensos que son imanes a los ojos buscones, a los envidiosos y a los míos, por supuesto. Parecía un reencuentro de novela medieval. Jimmy le besaba el cuello, la boca, las mejillas, la frente, mientras ella entre risitas nerviosas y felicidad evidente, se dejaba llevar sin importarle los fisgones. Una vez más el mesero interrumpe la escena y le pregunta a ella si quiere algo de tomar. Jimmy le enseña la botella de vino y ella asiente con la cabeza pero le pide algo más que no alcanzo a escuchar.
Aún no se sientan, ellos quieren saltarse la cena y ahogarse en abrazos y arrumacos. Él extasiado, ella desborda el encanto y la enajenación de una persona enamorada. Nunca había visto algo así.

Finalmente logran arrastrarse hasta la silla. Uno frente al otro empiezan a tomar. A leguas se nota que a ella le cuesta entender su inglés y a él se le dificulta responder en español pero al parecer se entienden. Una imagen tan Almodóvar que no podía dejar de mirar. En algún momento él le mostró la pelota de papel. Ella la quedó observando unos segundos, luego siguió tomando y le preguntó otra cosa. Al instante se figuró en la cara de Jimmy una mueca de decepción. Dejó su copa de vino y le pidió al canoso lo de siempre. Ron. Ella quedó confundida, sin saber qué pasaba. Pero, seguía sonriendo. 
Él, impaciente esperando su trago, no parecía importarle lo que ella le decía, ni siquiera la miraba. Luego de intentar tomar su mano varias veces, ella desistió. Tomó su bolso en amenaza, esperando alguna reacción, pero no fue así. Se tomó un último sorbo de vino. Golpeó la copa contra la mesa y se levantó tan furiosa qué volvió a llamar la atención de los presentes. Pero Jimmy seguía inmutado. Al verla salir por la puerta llegó el ron. Se lo tomaba tranquilo mientras miraba la silla abandonada, la puerta sonar y la esfera sobre la mesa. Creí entenderlo por un segundo y me compadecí... de ambos. Pedí la cuenta y el mesero, poniéndole pimienta al cuenta o para corroborar más bien mi hipótesis, me dice: "mirá que el ego es capaz de joderlo todo, eh", mientras voltea el rostro hacia Jimmy y busca una sonrisa cómplice en mi cara que no alcancé a formular. "¿El ego o el amor?", pregunté. Esta vez reímos los dos. 


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Cuando se vaya el frío


Calle Defensa, San Telmo, Buenos Aires / Foto: Julio Méndez

Todavía faltan unas catorce cuadras para llegar a casa, aún me queda chance de escribir. Hace muchos días no me platico, no me caigo bien. Que me voy dejando aparte. Esta cuestión de ocuparse cuando adulta trae irreversibles consecuencias. 

Me traje mis audífonos y la misma playlist tan revuelta como mis pensamientos. Quise apuntar nada más algo que se me ocurrió mientras salía del Cabildo de la Plaza de Mayo y ahora que lo escribo me parece una estupidez. No puedo más con la torpeza y el descuido. Ya no es factible para mí ser tan despistada y andar dejando la cabeza en tantos lados. 

Por eso preferí conversar con la persona que menos me soporta: yo misma. 
Empieza Mon Laferte a desgarrarse y casi me da un derrame cerebral. La única canción que he escuchado de ella me ha pegado fuerte, tanto que tuve que pasar a la primera cosa que no me hiciera sentir más miserable.

Los Ángeles Azules están bien pero no combinan con el clima. Este frío de mierda que no termina por irse. Le doy en 'Aleatoria' y sale Soda con él Te para tres y me termina matar. Caí oficialmente en depresión. Pero una depre sensata, vaya. Digamos que las finanzas ya no me dan el lujo de quedarme todo el día llorando en casa para hincharme como ogro, comer pollo frito con papas y andar en calzones todo el día. Buenos Aires ya no me permite darme ciertos placeres, ese ha sido el precio de la magia convidada, que ha sido mucha, eso sí.

Le dije a Julio que iba a pasar por una librería cuando lo dejé en la avenida pero me quedé viendo los libros desde afuera. No quiero leer más el resto del día. Sólo quería escucharme un poco. Porque no es la guitarra de Cerati que resuena en mi cabeza. Es mi voz compasiva y quisquillosa la que escribe por mí. 

Insisto en lo mucho que me resiente el frío. Desde que llegué, -excepto por un par de días dorados- no ha parado la lluvia, tampoco el gris. Algunos árboles ya muestran las hojitas verdes que van naciendo en las ramas más altas, pero siguen teniendo esa inevitable apariencia lúgubre, que en el fondo me encanta. Mi problema no es con esa melancolía despiadada que despierta esta ciudad y este barrio en especial. Mi bronca es con el frío. No ha entendido que ya fue suficiente. Qué los huesos ya me piden tregua y que tampoco tengo a quien abrazar. 

Mejor sigo caminando, -confiando en mis anteojos-, mientras me sumerjo en esta pantallita. Todavía me cuesta descubrir esa sensación extrañísima de salir a caminar sin miedo, sin mayor precaución o desconfianza. Es, en parte, un sentimiento de culpa. Es como sentir por primera vez la libertad después de estar muchos años presa. Es palpar la tranquilidad de tu espacio físico. Esa tranquilidad convertida en un mito allá en mi tierra. ¿Cómo no pensar en Honduras? Imposible no traerla hasta mí, imposible no añorarla así: pacífica, pero con su mismo colorido y con la misma calidez. 

Camino con cuidado para no untarme los tenis de mierda de perro. Me encanta pasar con cuidado por los cafés temáticos. Siempre hay un viejito dentro con la pinta de Borges, sin la ceguera, platicando con otro al estilo Cortázar sin la altura. Me obsesiona San Telmo. Me gustan esos edificios con diseños de dragones. No puedo evitar sentir que estoy en algún lugar del centro histórico de Tegucigalpa ahora que retomo la Bolívar. Cada vez doy otro paso analizo seriamente la posibilidad de comprarme una bici. Las pantorrillas de los veinticinco ya me están jodiendo.

Pensaba desviarme un poco el camino para buscar dónde sentarme pero ya falta nada para llegar. Ya me he escapado de caer dos veces. Tampoco puedo pasar comprando un helado porque todo lo que ando en la bolsa son doce pesos. Me animo a llegar porque recordé que dejé unos cubitos de café congelado para hacer granita. Ya estoy hasta la verga de tomar té verde. 

Me resisto al frío. Al unísono que lo maldigo, me revienta en el cuello una corriente de aire que lo tira todo para el frente. Ni siquiera tengo la voluntad de acomodarlo. Tampoco quería que llegara la calle donde está mi hogar temporal. Tenía ganas de seguir caminando cuesta arriba, mucho más arriba, hasta llegar a Juticalpa, comprarme un tamal y beber tamarindo para la sed. Darle un abrazo a mi madre, a mi hermana y echarme a dormir hasta despertar del sueño. 

Por fin doblo en la esquina y no hace falta limpiarme la lágrima, el ventorral la secó antes. Dos hombres con la típica pinta porteña van frente a mí.

-Che, qué frío de mierda.- le dice un treintañero regordete al otro más estilizado. 
- El conchudo de Macri...- responde.
- ¿Eh?
- Hasta la primavera sufrió el ajuste.- se ríen los dos y yo atrás, con ellos. 

Ya protegida de los vientos huracanados, tiro las llaves el abrigo y saco de la nevera los cubos de café hondureño y la leche. Mientras licuaba el invento, gugleo el pronóstico del tiempo. Todo indica que seguirá el miserable frío por unos cuantos días más. Tacho en el calendario ahí mismo donde dice que saldrá el sol todo el día, ahí donde promete mínimas de 20. Es ese mismo día que, estoy segura, se irá también, junto él, toda la tristeza rezagada. Las ganas de salir corriendo o de quedarme para siempre. He decretado que ese mismo día que llegue la primavera, que se asiente el sol, sin reparo, también vendrá desde lejos, esa extraña manera de levantarme y encontrar fuerzas donde menos lo imagino. 

Mientras tanto me tomo la grana de café de palo de Culmí y abro un poquito la ventana, pa decirle al frío que ya no le tengo miedo, que lo enfrento como quien seduce sus males al tiempo que los despide. 

martes, 14 de junio de 2016

LOS DÍAS NUESTROS


Casi todos los días salía de trabajar a esta hora. En la playlist lo mismo de siempre y a todo motor. Me desabotonaba la camisa y los jeans para no sentir tan pesada la próxima hora de tráfico. Casi siempre me iba despacio al cruzar el puente para sacarle una foto al atardecer. Iba pensando en lo que cenaríamos esa noche mientras Adele se desgarraba el galillo y el taxista chuco de atrás me hacía ojitos para darle la pasada. Estaba loca por verte. Tanto que olvidé lo bien que se sentía llegar sola a casa después de correr seis kilómetros, prepararme cualquier cosa, ducharme con agua fría y tirarme exhausta a la cama.

Cuando llegaste no solo cambió mi horario. Me creció la panza, la refri se puso más llena, descubrí que tenía una cocina y un comedor escondido entre la alfombra de yoga y las cortinas rosadas de la sala, esas que quitaste porque dijiste que eran muy claras. Tan pronto como te sentiste cómodo quitándome mi lado de la cama, yo me fui acostumbrando a dormir en tu pecho y a rodearte con mi pierna. Vos te dedicaste a roncar y echarme pedos. Hubo noches en los que deseé tirarte al piso de un codazo pero extrañarte era peor cuando decidías quedarte en tu casa.

Me has faltado todas las noches desde que me fui, me faltás en aquella especie de cueva donde sólo existíamos los dos. En los atardeceres que se filtraban en la ventana, ya no puedo recordar cómo eran en ese espacio antes de vos. Pienso en aquel cuarto y te pienso a vos. En tu cara de loco tratando de explicarme una de tus teorías filosóficas-esotéricas que sólo vos entendés. No recuerdo si alguna vez te lo dije, pero a veces ni siquiera te escuchaba por estarte viendo los colochos que se alteraban según tus gestos. Están esos días tan cercanos que puedo cerrar los ojos y ver todo ahí, en su lugar. Nuestra ropa tirada y revuelta por todos lados. Tus collares, el tabaco, la moña y el encendedor en el anaquel. Mis quijadas entumecidas de tanto reír, mi celular en el piso, vos con tu falda y tu complejo de perro correteándome para atacarme a mordidas. Tus duchas de agua hirviendo, tu estúpida broma de pararte en la puerta del baño para verme cagar. Tu expresión diabólica cuando pelábamos, tus tortillas de quesillo con blue cheese. Todo sigue ahí, intacto.

Éramos los dos, sólo los dos y nadie más en ese cuartito, ahí metidos, quitándonos el tiempo, intercambiando fluidos, recuerdos y tantas cosas más.
Así quiero tenerte, así voy a recordarte. Sintiéndonos felices y en casa. Como aquella noche que llegamos por asalto a una morada en pleno monte. Todo se miraba clarito por esa enorme luna. A penas y nos conocíamos pero nos desnudamos en todas las formas y en todos los sentidos. Después nos hicimos el amor con la misma fanfarria y dulzura que se mira en esas novelas venezolanas de tu época que fijo viste y hoy no querés admitir.

Te amo. Y aquí no hay peros, ni hay llantos, ni reproches. Te amo y yo sé que vos me amás. Aunque no estemos ni seamos. Aunque por ratos nos tiremos balas envenenadas que se deslizan después entre tanta miel y cursilería. Hoy sólo te traje hasta este frío de mierda que ya me va acostumbrando a estar sin vos.

Te he extrañado cada día, pero nunca como hoy. No así con tanto desespero. Tanto que ya me aburrí de sentirlo. Tanto que ahora la ausencia empieza a enseñarme nuevos caminos. Esos donde ya no te veo esperando ni sonriendo, pero siempre ahí.

Mi loco de mierda, mi amor, mi Jon Snow -versión piel canela-. Si te vuelvo a decir que te extraño es porque es cierto. Creelo porque tal vez ya no lo diga más. Quizás en una realidad alterna todavía estemos dormidos, cenando baleadas o una de tus deliciosas brusquetas, agitados y sudados, viendo algún atardecer en aquella cueva. Midiéndonos a ver quién es más ridículo. Mientras tanto te abrazo y te beso desde un cuartito helado en el fin del mundo. Esperando verte pronto para ahogar tantas ganas o para despijarnos como se debe, con una cerveza, un porro y una cogida.

Y si no, pues para no hacer más drama, espero al menos encontrar una técnica efectiva para no pensarte tanto y continuar en mis cosas, leyendo, caminando, descubriendo, peleando con oficinistas públicas, cualquier cosa que me prohíba escribir boludeces como estas.

Te amo, mi corazón.

Hasta siempre. 

miércoles, 8 de junio de 2016

ESCRIBIDORA

Esta mañana me dio por ir a tomarme un café con mi computadora. Quise aprovechar un poco del tiempo libre para escribir un relato que he andado desde hace unos días en la cabeza. Para hacerle honor al cliché, me fui a uno de esos lugares hipsters, con un café pasable y un budín de limón recién horneado. Noventaitrés pesos y cincuenta minutos después, solo había logrado escribir tres líneas.

Recurrí a la vieja técnica de bosquejar en otra pagina lo que quería decir, pero me enredé en tornillo de palabrerías sin sentido que ni si quiera yo entendía. Me regañé, me desairé y me emputé. Me distraje un rato en la “vida real”, me terminé ese capuccino anodino y como si le estuviera insistiendo a un amor, me puse seria y me concentré en escribir.

Terminé el párrafo y me detuve. ¿Qué mierda te pasa? Leete. Estás escribiendo como cuando tenías dieciocho. No, miento, cuando tenías dieciocho escribías mucho mejor que ahora. Nada te inhibía, todo era escribible. Cero pretensiosa. Ahora sos un ramillete de muros y dudas. Comenzá de nuevo.

Borré todo y empecé otra vez. Recordé la semana pasada cuando estuve tratando de escribir una reflexión para una clase. Tenía mil ideas para comenzar, escribí un párrafo y me gustó tanto que no quise cagarla escribiendo un segundo que acabara con mi optimismo, pero lo tenía claro. Sin embargo, este relato de mierda que me anduvo siguiendo día y noche, no se dejaba escribir.

Claro, no es igual redactar un examen final sobre el papel de América Latina en la formación del mundo moderno que describir a una persona que no te agrada y de la que poco te acordás. En otro momento sería más fácil escribir el pinche relato y dejar que el ensayo te aturda del todo la psiquis.

Empecé a ahogarme en la autocompasión: es la tos. Es el cansancio. Son los estragos de la goma. Es la falta de sexo que no te lleva suficiente sangre al cerebro y no te deja fluir las ideas. Es el estrés de haber dejado, tu país, tu familia, tus amigos, tu vida. Es todo menos tu mediocridad.

Escribí casi el mismo párrafo anterior, cuidé mi excesiva, maniática y desfachatada maña de usar tantos adjetivos... y me sentí exhausta.

Más allá de sus gestos torpes, su tartamudeo ocasional y su evidente inseguridad física, me agradaba su manera elegante de caminar. Moviendo el culo de un lado a otro, exponiendo su cuello de lora, cantando siempre, realzando la cabeza como si fuera la reina de su propio mundo. Tenía un cierto rastro de oscuridad y crudeza en sus palabras pero su casi imperceptible voz daba la impresión de un alma dulce y comprensiva que rompía de golpe con sus rimbombantes carcajadas de bruja medieval.

 Ese no puede ser un principio. Tal vez ni siquiera se parece a quien quiero describir. Es que me cuesta observarla ahora en mi cabeza. Pasé casi un año al lado de ella y simplemente dejé de observarla. De ni siquiera interesarme en darle los buenos días. ¿Cómo voy a detallar con exactitud?
Tenía la urgencia de escribir algo coherente. Me pegaba en la frente, me desacomodaba el pelo una y otra vez. En frente tenía a un viejito leyendo el periódico que por momentos me decía “¿eh?”, porque creía que le estaba hablando a él. Creo que nunca me había costado tanto arrancar a escribir. Empecé por disparar palabras para llenar los espacios. Y me tropecé con un chapsuy de ideas que llegaron a cualquier otro puerto menos al mío.

En parte, gracias ella creo menos en esa premisa absurda del feminismo que te dice hay que apoyar, aceptar y querer a todas las mujeres por su simple condición de mujer. No me jodan con eso, en este mundo de impares así como hay malos hombres, también han existido, existen y seguirán existiendo mujeres de mierda.

Ya basta de escribir lo que pensás, tu desprecio, tu sarcasmo, tu falso desinterés hacia la vida. ¡A nadie le importa, carajo! Sólo ahorrate los rodeos y escribilo exactito como lo tenés en la cabeza. Sin tanto adorno ni barnices. Sólo escribí, por la concha de la lora, escribí. 


Me sentí frustrada. Guardé mis cosas y me fui. De camino a casa venía pensando en que quizás no era un relato ni un ensayo alegórico al ego que debían ser escritos como todos los demás, o sólo era mi superyó tratando de evitar que tocara susceptibilidades ajenas, o tal vez solo estoy cayendo en cuenta que hace tiempo me puse la camisa de escribidora, esa que se acomodó en la cueva de crear “cuando sobra el tiempo” o escribir porque es necesario liberar espacio. Esa maje a la que ya casi se le olvida ese impulso primario que es escribir. 

domingo, 8 de mayo de 2016

ABSTINENCIA


Por lo general siempre es invitada, –no es mi caso- y después no hayás como correrla del cuarto. Hay veces que llega como intrusa, autócrata, insolente a sentarse a tu cama. A verte con esa cara malévola que tienen los que disfrutan el dolor ajeno. La abstinencia es así de impredecible, así de fregada, así de buena maestra.

Todavía no estoy en la etapa de la tembladera y las uñas comidas. No tendría pisto para hacer cita en alguna clínica para obsesivos, por eso escribo. Pero vení, mejor contame vos, ¿a qué sos adicto? ¿A la mota, a la coca, a las pastillas, a la piedra, al ron, a la fiesta, a los asados, al café, al sexo oral, a las locas, a los orgasmos, a la comida, a las historias imposibles, a las modas, al tabaco, al amor? Lo sé, te encanta todo lo que destruye. ¿Y qué le vas a hacer?, si es terriblemente delicioso.

Cada vez que nos ponen una tentación en la cara, conocemos el paraíso, por eso quedamos enganchados. Por cucharadas he aprendido a no juzgar a nadie por sus adicciones, a menos que me estén afectando a mí. ¿Te preguntaste alguna vez si tu adicción jodió a alguien?  Yo nunca, porque soy egoísta. Porque en mi adicción nunca he pensado que mi droga le haga mayor daño a otro del que me hace a mí. Y si me han reclamado, no he sabido escuchar. Y es que también está la adicción más funesta e incomprensible de todas, al sufrimiento.

¿Por qué nos encanta vivir jodidos? “Si no estoy jodida, no estoy en onda”. Tan absurdo como se lee. Hay quienes nacieron creyendo que su estado natural es vivir jodidos y jodiendo a los demás. Más que un hobbie, un estilo de vida, la quinta necesidad humana.

Por suerte y por tacaña nunca he sido adicta a las drogas tangibles, pero he de admitir que la María es otra de mis mejores amigas, que solo busco y llega a mí por mera casualidad o cuando de repente me pegan esos anuales ataques de insomnio.

Mi adicción va más allá de tocar fondo cuando te encuentran tirada en una cuneta o cuando por poco te matás ahogada en tu propio vómito –saludos Amy, hasta el cielo-. Es más fuerte que empeñar los relojes de tu padre o aspirarte todo el sueldo en tres días; quizás sea una de las más absurdas y fatales de todas: soy adicta a enamorarme de puros pendejos.

No es otra más de cartas de desahogos, llena de rencores y señalamientos. Es mi “primer paso”, como dicen los psicoloquitos. Estoy admitiendo mi adicción. Estoy en proceso de desintoxicación, no me prejuzgués ni te pongás adusto o chistoso. Tampoco es fácil aceptar que tenés un problema por más pinche que sea. Y más cuando te causa síndrome de abstinencia.

Hay domingos como este en los que me quedo largo rato en la cama analizando las cosas. Y hoy hice una introspección profunda de porqué a las personas les gusta autodestruirse y pues no tuve de otra que empezar conmigo. Repasé mis relaciones, mi paso fugaz con la nicotina, mi amor excesivo por las baleadas y los postres, el sexo mañanero, las películas depresivas, la depresión como tal, puras cosas normales pues. Pero nunca me puse a ver antes que si me tropecé con tanto idiota en mi primer cuarto de siglo, nunca fue la culpa total de ellos, -decile a mi ex que ya no se mortifique, por favor-. Es ese recurrente afán de acumular amores intensos dentro de la ya catastrófica realidad en la que vivimos, me llevó al hábito de enamorarme de personas equivocadas, sin percatarme que la más equivocada era yo.

Es un acto inconsciente pero que al cabo de varias decepciones, llama tu atención. El nivel de daño es relativo al nivel de pendejéz del individuo, entre más imbécil, más letal. Lo mismo pasa con la edad. Pero en realidad no te das cuenta o no te importa. La adicción actúa justo cuando decís “él es diferente, con este sí”, y ¡pum! El vergazo.

No es con los años que te volvés más madura, es con las caídas de las nubes que te has dado. Entre más alta la nube, más fuerte el chichote y también la lección. Precisamente por la incapacidad de apuntar las lecciones en mi cuadernito harapiento, es que la sigo cagándola y cada vez más bonito, con tal estilo.

Dale, tampoco es para que te estés burlando. Te repito que no es fácil. Tengo más de un mes sin coger y sin fumar. Estoy parada entre la frontera de la pureza y la pereza. Me da una tremenda modorra solo el hecho de pensar en ponerme un poco de maquillaje, aplacarme el pelo, hacerle ojitos a uno de esos boludos argentinos que se creen apolos reencarnados, llevármelo a la cama, pedirle un porro y poner al horno otro melodrama superfluo e internacional.

Prefiero abstenerme. Seguir comiendo toda la pizza y todo el pan que pueda comprar con mi reducido presupuesto. Seguir con la sentadillas, estiramientos y abdominales del Youtube. Seguir con las películas de Campanela y las exhibiciones gratis de arte. Con los teóricos faltos de cariño que me cuesta entender, con la posibilidad de ahogarme en libros y aventarme del abismo o hacia el abismo.


En mi sobriedad estoy segura que esto es mejor a volver a recaer en el ciclo. Que muy adentro se siente de maravilla la tranquilidad que provee la soledad, aunque choque y te piquen las manos por regresar al drama. Por mandarlo todo a la mierda y volver a sentirte en ese estado de completa enajenación. Por un instante titubeás, pero lo bueno de la distancia es que no hay alternativa. Volvés a vos, pegás un suspiro y le subís volumen a la música. Es sólo otro síntoma de la abstinencia, todavía falta lo peor. Borrás toda esta mierda, te parás de la silla y empezás a mover el culo como la española del video, todo sea por la rehabilitación.