domingo, 19 de febrero de 2017

ÁGATA ROTA


Me desperté a las siete y cuarenta con el pecho oprimido. Ahogada por el sopor del verano naciente y por las incontables almohadas en la cama. Ya no quiero volver a sentir esto, pensé. Ya pasaron las noches necesarias, ya están completas mis veinticuatro horas, duermo lo suficiente y me despierto temprano, me reproché. Cuando no me gana el cansancio hago mis ejercicios,  tomo mis jugos verdes por la mañana y mis cervezas todos los jueves, leo más que nunca y me doy el lujo de sentarme a ver varias películas o series durante la semana. No tenés tiempo para tener pesadillas, le dije a alguien que no sé exactamente quién es, pero desde hace ratos duerme y amanece conmigo.

Con el sueño espantado en pleno domingo me levanté a revisar gavetas y mochilas. Limpié la arena del trípode y sentí que el mar con todo y olas me aplastaron el cráneo. Me senté en la cama y saqué cosa por cosa. Las pastillas que quedaron a la mitad. El chap stick de sabor cereza que me robé de un supermercado en Cuzco. Los caramelos de coca. El libro de cuentos de Córtazar que una vez me regaló Gustavo, a quien le gustaban  mis ojos, o al menos eso decía la dedicatoria. Los tickets cortados de museos, sitios arqueológicos y facturas, muchas facturas. En la bolsa secreta de esa mochila que ya se volvió mía para siempre, estaba un cuarzo enredado con otra pulsera bordada. Me sorprendí sonriendo. Mientras la liberaba con su collar de hilo grueso, pasaba la secuencia de su historia en mis manos. La calle del mercado de las brujas en La Paz. Los bordados, los cientos de colores, la infinitud de personas chocando entre sí. Yo, maravillada sacando fotos y tropezando con los muchachos de los cuarzos.

-Con cuidado,- me dijo un hippie moreno con una sonrisa colosal.
-Mejor saco mis lentes- le respondí.
Trató de adivinar al tiro mi nacionalidad. -¿Colombia?,- mientras me apuntaba con el dedo gordo.
–Honduras.-le dije, sin ganas de quedarme a platicar.
-¡Honduras! Islas de la Bahía, La Ceiba, Río Cangrejal, Lempira, hermoso país ese. El mejor ópalo que he conseguido.- me contaba emocionado.

Me senté en la acera con él mientras le empezaba a preguntar el nombre de cada una de las piedras que tenía bien colocadas en una manta blanca. Me contó el compa - que resultó ser brasilero y licenciado en Sociología- que anduvo en Marruecos, Italia, India, España y tantos otros lugares que no recuerdo. Andaba con una minivan recorriendo toda Latinoamérica –por segunda ocasión-. Me dijo que en Honduras estuvo dos meses y que algunos amigos le aconsejaron que no se quedara en Tegucigalpa y/o San Pedro Sula. En Rotán, les vendió a los gringos sus piedras (muy caras) y se ajustó el pasaje para irse a Guatemala y luego a México. Llegando a la tierra de Zapata decidió regresar al monstruo del Sur, se compró la nave, dejó nuevamente a su familia y a su gata. Ya tenía meses viajando sin rumbo fijo. “Siempre es difícil dejar lo que uno más quiere, pero es más difícil no hacer lo que uno más quiere”, me decía siempre con esa, su sonrisa más grande que Brasil. 

Después de platicar un buen rato me despedí porque llegaron otros clientes que sí estaban dispuestos a comprarle cuarzos. Seguí mi camino y llegué a una tiendita muy parecida a todas las demás. Afuera estaba la dueña, una indígena con su traje típico impecable. Sentada y medio dormida. Con sus manos trabajaba una artesanía. Le pregunté cuánto costaban los collares de semillas. Pensaba llevarle uno a alguien. Sin abrir los ojos y a secas me dijo que todos valían diez bolivianos. Entré a la tienda sin pedir permiso, empecé a buscar y ninguno me gustó. Busqué más al fondo y detrás de los bolsos bordados, vi que se asomaba un collar distinto a los demás. El collar de hilo verde, corto, muy corto. La piedra era de colores tenues, tallada y estaba quebrada pero eso no le restaba encanto. Sin dudarlo lo compré y la indígena finalmente abrió los ojos, pensé que me pediría más por ese, pero no fue así. Salí casi corriendo de regreso a la calle de los cuarzos, a mostrarle mi adquisición a mi nuevo amigo de paso.

-¿¡Diez bolivianos!?.- exclamó con los ojos bien abiertos.
-Necesito que le pongás un collar más largo.,- dije.
-Imposible, arruinaría el trabajo anterior. A mí me gusta tal cual está.- contestó.

No insistí. Tenía razón. Pensé en pedirle una oferta para vendérsela. Me arrepentí. Me dijo que era una piedra Ágata. Que sólo la había visto en Brasil y en Marruecos, pero sospechaba que también había en Argentina. Que no costaba tanto pero que era semipreciosa y si le daba un buen uso me serviría de equilibrio emocional-espiritual. Me reí. Siempre me he reído de los amuletos pero siempre que puedo los ando cargando. El ónix, que le compré a Ezequiel y que no recuerdo para qué sirve. El rosario "bendecido en Roma por Benedicto" que me regaló mi madre me acompañó todo el viaje y ahora me hace barra guindado en el espejo del carro. Un lempira doblado en mi cartera y la virgencita de la concepción de plata que anda cuidando mis deudas en la cartera. Que más daba otra superstición en mi andar. Eché la piedra a mi mochila y no la volví a sacar hasta este día.


-Vos me vas a proteger de las pesadillas,- le ordené o más bien le supliqué. Me la colgué al cuello y le di las gracias. Recordé ese pedacito del viaje y me sentí mucho más tranquila. Agradecida que aquello pasó de verdad y que Ágata, toda rota, justo como estoy yo, me encontró y se quedó conmigo para que yo la reencontrara esta mañana, con la promesa de no tener miedo las noches siguientes al cerrar los ojos.  

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