jueves, 30 de mayo de 2013

Verdades que duelen

Más que mentiras, existen verdades que nos amargan la existencia. Verdades que solo ellas saben por qué hacen tanto daño.

Una verdad austera es saber que tarde o temprano dejaremos de existir y nuestros huesos, arterias y músculos serán un simple abono para esta tierra que cada vez se pudre más.
 
Una verdad mordaz es tener que vivir creyendo que tu vida tiene algún sentido y que todo estará mejor, solo para tener la fuerza de levantarte en las mañanas y ser un robot más del sistema.

La Coca-Cola, las cervezas, la mota y el sexo, son la verdad que muchos adoptan los fines de semana, la verdad mordaz puede ser muy difícil de sobrellevar de lunes a viernes.

Hay verdades que desearía fuesen mentiras y hay mentiras que me conforta el hecho de que siguen siendo mentira.

Hay verdades a medias, hay verdades que son más certeras que el mismo aire. Hay verdades que se ven mejor vestidas de mentiras.

Una verdad incómoda es cuando un amigo te dice que tenés un frijol en un diente. Una verdad incómoda y catastrófica es cuando le decís a tu amiga que viste a su novio con otra mujer.

Una verdad escandalosa es poder decirles a tus padres que no sos el hijo perfecto, el orgullo de la familia, el niño modelo que ellos mismos elaboraron y que en su mente idealizaron. El joven que se graduó con honores, que tan pronto ha logrado mucho. Cómo decirles que en realidad sos ese mismo, a quien le gustan los hombres, por ratos le gustan las mujeres, pero preferís un miembro erecto a una vagina mojada. Cómo decirles que has tenido más aventuras de las que pudo tener Elizabeth Taylor en toda su promiscua vida.

Y también existen las verdades solazadas y con sabor a revancha. Como hacerle una llamada a tu ex un buen día de parranda y borrachera para confesarle que no fue el único corneador que durante varios meses también fungió un excelente papel como el cornudo. Que tuviste dos hombres, que le hiciste el amor a los dos en la misma semana. Que llegaste a confundirte con el tiempo, porque no sabías quien era el novio y quien era el amante y que por alguna razón extraña y monstruosa, jamás has sentido una gotita de remordimiento, es más, hasta sentís que tu dignidad de mujer es más sólida porque hiciste lo que creíste justo. ¡Vaya! Animate y contale la verdad.

Una verdad punzante es la que te dicen tus amigos la noche del jueves en el bar cuando te recuerdan que el hombre que amas jamás dejará a la mujer con la que vive. Que sus palabras son solo eso: palabras. Que si seguís aferrada a esa historia de melodrama de medio pelo vas a andar por la vida con los ojos perdidos y el corazón arrugado. Que no vale la pena. Que te va a hacer mierda. Sabes que te lo dicen en parte para joderte y en parte para salvarte de las lágrimas. Pero te dicen lo que no querés escuchar y terminas haciéndole caso a los necios de tu entrepierna y tu alma.

Una verdad que te causa vergüenza con tu propia persona, es darte cuenta que ni un pastor, ni todos los apóstoles y los ángeles, y todos los santos podrán cambiarte, ni hacerte “mejor”, ni borrar el amor que sentís por alguien, que ni siquiera el hecho de ser del mismo sexo es un impedimento para amar en libertad, que aquí tu verdad duele solo porque sos demasiado cobarde para asumirla.

Una verdad irónica es estar consciente de que el cigarro te mata pero te echas un paquetillo diario y aunque seas aspirante a médico y conozcas de memoria los efectos mortales del tabaco, te vale el mundo y también te vale el pendejo de enfrente que está recibiendo el humo.

Una verdad que duele es saber que el deseo que pedís cada vez que apagas la velita del pastel, jamás se hará realidad. Que las promesas de mantequilla que te hizo esa persona se resbalan fácilmente por tus dedos. Que con los años te vas volviendo más básico y tus ideales de juventud se olvidan al igual que el pudor que olvida una virgen cuando se entrega por vez primera.

Para mucha gente hay verdades que sobrepasan los niveles de crueldad, cuando se dan cuenta de que el amor duradero y perfecto ya no existe ni en los melodramas, que la vida eterna es el cuento que te venden las religiones para que te aferres con pasión a su voluntad, que los políticos mediocres y corruptos de tu país no desaparecerían ni con un ataque zombi pues ellos también son selectivos y hasta ahora no ha sabido de ningún monstruo, vampiro o mal viviente que se coma a alguien de su misma especie.

Al final todos terminamos siendo un manojo de verdades. Espejos viscerales que no escatiman para recordarte con crudeza de lo que estas hecho, para decirte quien sos en realidad aunque no te guste. Cada mañana te despertás inventando una nueva verdad, tratando de eclipsar esa verdad que te lastima y que solo vos conocés.

Que la vida no es tan bella como te la pintan las películas de Disney que tanto te gustaban de pequeño, ni es tan miserable como la reflejan todos los días en el noticiario de la tarde. Que mañana te morís y al día siguiente nadie te va a recordar. Que te pasas la vida ahorrando y trabajando para que otros disfruten tu esfuerzo. Que invertís todo tu empeño para tratar de mantener contentos a los demás. Que nunca nadie te va a amar con la misma intensidad, que la felicidad es efímera y que el tiempo solo ayuda a quien lo sabe aprovechar.

domingo, 19 de mayo de 2013

Marihuana


-¿Y si nos detiene la policía?- Le dijo él a ella, asustadizo y bajando el volumen del radio del carro para hacer del contexto una cosa más seria. –Sólo son 40 pesos de mota. ¡Relax señor abuelo! – sonrió ella volviendo a subir el volumen y siguieron escuchando aquella canción de REM, “Losing my Religion”, en camino a su destino.

Fue un sábado de cualquier mes. Estaban aburridos y decidieron probar la marihuana por primera vez. En realidad fue más fácil que conseguir pan. Un lavacarros del río los llevó al lugar donde vendían la mejor de la ciudad. Él mismo compró la orden. 40 del producto y 20 de propina. Estaban realmente emocionados. Era la travesura de niños que les faltó por hacer.

Él era un loco consumado. Ella una aventurera por naturaleza. Eran los cómplices de cada segundo de sus vidas. Era esa amistad. Esa que las personas creen imposible su veracidad. Habían hecho todo juntos, menos fumarse un porro de Cannabis.

Ella había visto antes a otros amigos preparar un cigarrillo casero. Consiguieron papel que sale en la caja de los zapatos. Era bastante Marihuana y por razón lógica decidieron quitarle las ramas. Hicieron unos cuatro porros y todavía sobró. A ella se le ocurrió que podían hacer hot cakes con el resto.

Estaban solos en una casa de campo, alejados del pueblo, de la gente. Lo único que se escuchaba eran los grillos y los perros ladrando y aullando.

Ella encendió el primero. El porrito quedó rústico y para ser el primero no le quedó tan mal. Él no sabía fumar. Ella trató de enseñarle, pero él era demasiado bruto. No podía exhalar adecuadamente y se ahogaba fácilmente con el humo. Ella se burlaba. Hasta que el ángel encargado de las hiervas le dio la habilidad para fumar como un empedernido motero. Terminó fumando mejor que ella al final de la noche.

Cuando terminaron el segundo cigarro hicieron los panqueques pero los efectos ya empezaban a surgir. Ella sentía la cabeza revestida de frescura. Tenía mentolado el cerebro decía. Él por su parte estaba tranquilo, impaciente por sentirse especial.

Era la medianoche y cenaron hotcakes sabor marihuana con miel y mantequilla. Él estaba al punto de la decepción por no sentir efecto alguno. – Creo que esto no es para mí, no siento nada.- decía. – Vos tranquilo, ya verás. Concentrate.- Y así lo hizo. Después de comer se fumaron los porros restantes que ya eran de mejor calidad.  Ella tenía la mirada roja. Se sentía hiperactiva. Feliz. Comenzó a bailar un baile extraño con movimientos nunca antes vistos por nadie.

Finalmente él estaba más relajado. Concentrado como le dijo su amiga. La acompañó en el baile y se dio cuenta que su cuerpo estaba liviano, casi flotando. Nunca antes sintió lo mismo. Así se sentía estar en onda…

De pronto ella se detuvo en un salto. Aterrada y agarrando por el cuello a su amigo. – Acabo de ver a una niña corriendo por allá, lo juro.- le dijo señalando la casa vieja que tenía la propiedad. – Seguro es Scoth (el perro) que anda con vestido.- le dijo él conteniendo la carcajada. Ambos estallaron en risa pero ella estaba segura que vio una niña saltando de un lado a otro. Él tenía la mirada malévola de Freezer de Dragon Ball. Como dirían en las profanidades de algún callejón margina de Tegucigalpa: estaban completamente “mamados”.

La estaban pasando de lo mejor pero ella no quería ver más alucinaciones. Se metieron al cuarto. Se encerraron. Se tiraron a la cama. Ella encontró su celular. – Deberíamos llamar a alguien.- le dijo a ella con un poco de dificultad para coordinar las palabras. –Llamemos a tu ex.- dijo él entre risitas. A ella le pareció una buena idea. En su grado de elevación, recordó que su nuevo número no lo tenía él todavía y no la podría reconocer. Le marcó.

-Aló.- contestó su ex medio dormido.

Ella no respondió. (Risas al fondo)

-¡ALÓ! – Repitió-

-Que el Culo se te peló.- contestó ella y le colgó.

Se rieron hasta el dolor. Era algo incontrolable. Llegaron a las lágrimas, les dolía la quijada y la panza. De repente se quedaron en silencio, con pequeñas secuelas de la risa, pero uno de los dos no se contenía y estallaba otra vez.

Por un buen rato él se quedó en silencio total. –Creo que alguien viene para acá.- le dijo con toda la seriedad del mundo. –Agarrame la mano que ahorita vienen por mí.- le dijo a ella aferrándose de su brazo. - ¿Quién? – Preguntó ella con susto verdadero. – Los chafas y la policía vienen en camino. Agarrame, que no me lleven, ¡agarrame! – entró en pánico.

Ella se rio con las pocas fuerzas que le quedaban. Le aseguró que no venía nadie pero de todos modos lo agarraba fuerte de la mano. –Nadie te va a llevar, y si te llevan me llevan con vos.- le dijo ella sin reírse y eso lo tranquilizó lo suficiente para estabilizar el latido de su corazón.

A los pocos minutos ambos sintieron el cuerpo pesado. Ella tenía la cabeza con la adrenalina de una montaña rusa pero no quería moverse más. Él empezó a roncar y ella al rato lo acompañó. Siguieron agarrados de la mano. Ese ha sido el último capítulo de la historia de su complicidad y hermandad.

Él no ha vuelto a probar la marihuana. Ella lo hace de vez en cuando. Quizá producto de cuánto han cambiado sus vidas. El simple resultado de dos personas que toman caminos diferentes.

Un pedazo de felicidad surreal metido en un porro de Cannabis, para mí es totalmente legal, lo que la misma tiene de ilegal para otras personas. Tres vasos de vodka o de ron son más dañinos que un porrito, según leí por ahí. La gente de doble moral siempre tratará de criticar las locuras de los demás y que ellos antes hicieron en igual o peor magnitud.

Se trata de vivir. Nunca es malo hacer lo que te hace feliz si no dañás a nadie más ni a vos mismo. En paréntesis debo aclarar que no creo que deba ser en exceso. Y es que nada en exceso es bueno. Ni siquiera el amor, al final termina siendo contraproducente. 

domingo, 12 de mayo de 2013

A Quien Corresponda.


Está la caja vacía de un vino que se llama ‘Clos’ en la mesita de la sala. Es del barato. Lo compré en el súper y a pesar de que es pirujo no sabe mal. Me lo tomé porque quiero dormirme temprano, posiblemente escuchando a Silvio y a Sabina. Llevo unos seis días sin dormir bien. Un primo me ha recomendado rezar para dormir tranquila y un amigo me recetó una copa de vino tinto antes de ir a la cama (aun no entiendo en qué contexto lo quiso decir). Opté por el vino porque soy una pagana y porque además siento que Dios está dormido cuando yo tengo insomnio.

Me pongo a hablar todos los días con dos de mis mejores amigos. Seres imperfectos, distorsionados y mundanos igual que yo. Sucumbiendo ante la vida con problemas que son mucho más pequeños de los que ellos creen. Atrapados en las sensaciones que solo el amor, la tertulia que solo el putísimo amor te puede obsequiar. Benditos y muy jodidos ellos.

No necesito beber para poder escribir, ni escribir para poder beber. Solo bebo porque me gusta y escribo porque lo necesito, porque hay cosas que debo y quiero decir. Dedicado a mis amigos y a quien corresponda…

Hace tanto calor como en los adentros de la falda de una monja. Hace mucho tiempo que no me acordaba de vos. No desde la última vez que estuvimos hace poco más de un mes, finalizando de una vez por todas este remedo de amor, disfrazado de mucho sex, muchos celos y poca conciencia. Todo terminó como empezó. Justo así como te lo seguís imaginando. El hombre que se llama ardiente y se apellida insaciable y de apodo le puse El Pendejo. Todo fue de cariño amor. No es nada personal. Solo te vi de lejos y me dio pereza saludar. Algún día seremos amigos, tengamos la fe de que así será.

Pasando de tema: Estaba él. El de los mensajes bonitos. El abogado que escribe muy bien. El Apolo imperfecto. El que hace promesas de mantequilla. El que por alguna razón vio el encanto en mí y por esa misma razón mi encanto ante sus ojos se esfumó. Todo ha sido un sueño y una canción como dice (valga la redundancia) la canción. Quizás es mejor que sea así. El ahorro de lágrimas y desvelos nunca está de más, por el contrario se agradece. Algún día voy a acordarme de él como una buena película de esas que casi no hay. Algún día voy a entender por qué las circunstancias impidieron que le plantaran todos esos besos que tenía guardados para él… ni modo la vida es así.

He entrado en la onda “saludable”, procuro hacer ejercicio todos los días, comer sano aunque sea casi imposible, leer más y tratar de no pensar tanto. Los brincos y las zancadas que me hace hacer un negro sexy en videos me mantienen más fuerte y enérgica, pero la comida baja en grasa me da un tanto de depresión, la trilogía erótica que me sampé en menos de dos semanas me hace querer tener un novio. Y el tratar de pensar menos me hace pensar de más. No se puede tener todo.

Aunque me tome todas las botellas de vino de Chile, jamás tendré el valor para escribirle a él. A este otro tipo que me deslumbró al primer instante que le escuché hablar con un ramalazo de acento argentino o qué se yo. Me gustó tanto. Quiero creer que yo también le gusté. Pero enseguida lo archivé dentro de mis amores platónicos, justo al lado de Robbie Williamas y a su derecha Johnny Depp. Tiene todo lo que NO me gusta en hombre y sin embargo me encantó. Hasta que un día pasó lo que era imposible, pasó lo inevitable, lo que tenía que pasar y lo que pudimos evitar. Ahora de amor platónico pasó a amor frustrado. Ahí no tendrá grata compañía. Quizás nunca voy a olvidar cuando me dijo que tenía el complejo de Electra, pero tampoco voy a olvidar cómo me sentí porque no me llamó al día siguiente.

Y la vida sigue su curso cual si fuere el Río Amazonas. Descubrí que el chiste es no tomarse nada personal. No tomarse las cosas a pecho. Todos vinimos a joder y a ser jodidos. A ser pasivos y a ser activos. Es lo que toca. “La vida es una caja de bombones, Forrest.” Hay que comerlos todos.

 El vino está dando su efecto y ya siento mis ojos pesados. Ha sido un largo y hermoso día. Largo y hermoso justo como quiero mi próximo amor. Ok, aquí es cuando entran los puritanos de pacotilla a lincharme. Solo vivo mi vida y trato de llevármela tranquila. Igual que ayer pero con más responsabilidades. Igual de loca pero más consciente. Ya no creo en reencarnaciones ni vidas futuras, se vive el aquí y el ahora. Los que creen en eso deben ser gente muy aburrida. Esto es lo que te tocó y ni modo.

La valentía es un don que se nos da a muy pocas personas. Y me jacto de ser valiente porque si no, no sería como soy, no escribiría lo que escribo y pediría perdón cuando digo lo que siento. No me interesa la gente pendeja que pide perdón por ser quien son… insisto que no es el vino.

Soy todo aquello que te deslumbraría y te desencantaría al instante y con la misma intensidad. Hay quienes se acercan a mí porque piensan que soy bonita y soy pendeja, después me conocen, se dan cuenta que no soy tan bonita y no soy tan pendeja, entonces se van y yo me sonrío: “un pendejo menos” me digo a mi misma. Es simple. Si alguien se siente aludido ante mi comentario, no voy a pedir disculpas. Hay gente básica. Hay hombres muy básicos que quieren amar a mujeres básicas que sean buenas en la cama y brutas en la mesa, yo no puedo ser básica aunque resulte más fácil la vida y más perecedero el sufrimiento, pero para mí la complejidad es pariente muy cercana de la belleza, esa que muy pocos sabemos distinguir…

Y por último a mis amigos, a todos los desdichados y acomplejados, a los bajos de autoestima y amargados por algún mal amor o por un no-amor. Vivan su vida sin dejarse morir por nadie, hay tanto por vivir y tanto que llorar que sufrir por una sola cosa es la cosa más patética que hay. Más que escuchar una Cadena Nacional un domingo en hora estelar. No soy la mejor dando consejos, no quiero que me hagan caso, ni yo misma me hago caso. Solo deseo que vivan su juventud, que según mi abuela pasa rápido. Que ajusten la docena de amores pero que sepan elegir… sobre todo eso, que sepan con quien se van a la cama. Yo por los momentos me iré a dormir sola y CON SUEÑO. Bendito vino. A la otra me tocará rezar.

domingo, 28 de abril de 2013

La Mejor Cicatriz


Hace cinco meses fui (por voluntad propia) al hospital a que me practicaran una pequeña cirugía en la espalda. Para mí era sólo un grano de esos que son imposibles, que no salen con ningún remedio de las tías, ni los violentos esfuerzos de mi madre. No podía ponerme yo camisas escotadas porque me acomplejaba el hecho de que todos me preguntaran “¿qué tenés ahí?” Y que se autonombraran médicos expertos, fruncieran el ceño y con el dedo índice intentaran tocarlo, darme su diagnóstico y recetarme remedios caseros. Realmente me fastidiaba eso.

Entonces por vanidad y tranquilidad emocional, le pedí a mi mejor amiga que me consiguiera una cita en el hospital donde hace sus pasantías y como yo vengo de una familia de pichicatos y yo honro a mi familia, cada oportunidad de ahorrar dinero no se puede desaprovechar. Un pinche grano me costaría unos tres mil lempiras en una clínica privada que bien podrían ser tres vestidos o tres pares de zapatos.

Todo estaba listo. Iría en la mañana al hospital y al medio día tenía que ir a la universidad a preparar la presentación de una investigación. Eran mis últimas clases, los últimos días, trataba de poner empeño.

El cirujano del cual no me acuerdo ni el rostro ni el nombre, parecía un hombre sereno. Mi mejor amiga y otros cinco estudiantes más con gabachas, guantes y mascarillas, estaban todos ansiosos como Jack el Destripador por ver sangre y dolor ajeno. Había otros pacientes en sala. Nunca antes me habían hecho ningún tipo de cirugía (bendita sea la vida), ninguna si no cuento la vez que un tío me sacó una uña encarnada y tuvo que anestesiarme.

Anestesia. Jummmm… duele. Una disyuntiva aceptable tomando en cuenta lo que iba a suceder después. El doctor, como acostumbrado a lo de todos los días, inspeccionó el susodicho grano. Me dijo que sería una incisión pequeña y que no tenía por qué preocuparme. Me señaló la camilla, me dijo que me acostara boca abajo pero antes, sin flores ni palabras bonitas me dijo: “quitate la camisa y el sostén.” Busco con la mirada a mi amiga y  en un instante reacciona. Corre la cortina y me tapa para que los mirones no intenten ver mis miserias.

La jodida inyección me dolió hasta allá donde les conté. Pero el dolor se disipó rápido. El doctor preguntó si sentía algo, pero solo escuchaba los golpecitos que hacía con sus dedos en mi espalda. Empezó la sajadura. No sentía nada pero escuchaba los vasitos de sangre haciendo explosión y por ende la misma corría por mi cuello. Era algo aterrador. Sentía como halaban mi piel cual si fuere una res. No era doloroso pero sin muy incómodo.

Alcanzaba a gemir como un gatito y mi mejor amiga me decía: tranquila bebé. El doctor asombrado repite: “¿bebé?”, a lo que mi amiga le responde riendo en forma de explicación: “si, así le digo, es mi mejor amiga.” El doctor comprende y lo encuentra chistoso. “Ya vamos a terminar bebé”, me dice. Y yo en mi mente esbozando un insulto para el simpático doc y mi exasperación cada vez más notable.

El asunto es que lo que parecía un inofensivo grano o lipoma en realidad era un quiste que iba creciendo hacia adentro. El doctor tuvo que hacer más grande la incisión y le llevó más tiempo del previsto. Cuando lo extrajo pidió que lo llevaran al laboratorio para una biopsia y comenzó a suturar. Me dieron unos calmantes para el dolor porque el efecto de la anestesia ya estaba pasando. La bebé se fue a su casa toda tasajeada y dolorida.

Las cicatrices físicas pueden ser para algunos antiestéticas o repulsivas. Ahora yo las veo como un símbolo de victoria tal cual son las cicatrices espirituales y de las que a su vez tengo mis reservas. Pues no tienen la más mínima similitud. Ni el grado de dolor, de ardor, tiempo de sanación y proceso de cicatrización. O podría alguien decirme en cuánto tiempo se sana la herida que llevo dentro desde que asesinaron a mi padre. Una herida, un dolor que sigue latente pero no se desangra gracias a Dios.

La cicatriz que parece un enorme lunar en mi muslo izquierdo fue gracias a un accidente de moto que tuve con mi mejor amigo, no impide que me ponga mis mini shorts, pero no deja de acomplejarme de vez en cuando. Nunca tuve reparo en las marcas de mis sufridas rodillas hasta que un tipo me dijo el otro día que quería besarlas. La cicatriz en mi pie por aquel clavo. Mi dedo índice deforme en mi mano derecha por aquel primo que quería molerlo cuando éramos niños. En fin… Son tantas y todas tienen su respectiva historia.

Y qué hablar de esas que van por dentro. Esas sí que son pocas pero no estoy segura de que sanen por completo algún día. Esas cicatrices que te recuerdan ese momento traumático que te llevó al fondo de la más oscura de las oscuridades pero que por alguna razón saliste de allí, pero el miedo latente por no caer otra vez en el mismo lugar te hace vulnerable.

El amor que llegó, te hizo jodidamente feliz, se fue y te hizo jodidamente miserable. Aquellas palabras que utilizó tu madre para regañarte pero por alguna razón te dolieron más de la cuenta. Aquellas traiciones de los mejores-peores amigos. El imbécil que te dejó marcas en el cuerpo y en el corazón. Todas esas grandes, medianas y pequeñas laceraciones que no te dejaron más fea o más imperfecta, más bien te hicieron más avispada, menos ingenua y más “chingona”, como decía mi progenitor.

Según mi amiga soy “queloide”, o sea que las cicatrices dejan marcas acrecentadas en mi piel. La cicatriz del quiste que quitaron en mi espalda parece más bien cicatriz de una bala. Pero no me acompleja más y cuando los curiosos me preguntan qué te pasó, les contesto que me pegaron un balazo en una fiesta en Olancho y algunos se lo creen.  

La mejor cicatriz quizás no la tengo aún. Quizás sea otro raspón, quizás otro amor malogrado y superado. Quizás la cesárea de un parto… la mejor cicatriz quizás esté por llegar pero la llevaré con orgullo como llevo las otras, como la bandera del país de las victoriosas, donde lo que no te mató te hizo más fuerte y más cabrona.

miércoles, 17 de abril de 2013

Los Amigos y Los Amantes (Parte 3)


Casi nos alcanzaba el amanecer sentados en la acera de su casa. Estábamos hablando como los viejos amigos que fuimos siempre y que olvidamos ser en los últimos meses. Le expuse mis razones para no seguir en este embrollo de relación a escondidas. Le hice saber qué pensarían sus padres, sus hermanas y amigos si llegasen a saber que se acostaba con dos hombres y uno de ellos era el idiota de su amigo, quien fungía como el “otro”. Le hice saber que esta situación me estaba matando y que no podía soportar los celos al verla o escucharla hablar con su novio.

A ella no le importaban mucho mis forzadas palabras de rompimiento. Me dio la razón en unas cosas y en otras simplemente se reía. –Te amo.- me dijo callándome con un beso pequeño.- vas a estar conmigo hasta que seas un vejete amargado y fin de la conversación. Se levantó y me agarró del brazo, dijo que estaba cansada y que quería que la llevara de compras en la tarde. Y justo así se metió a su casa, siendo ella la reina y yo… el pendejo de siempre.

Volvimos a lo que teníamos antes. Perdiéndonos en el deseo y en la complicidad. Todas mis palabras se esfumaron como el humo del porro que se estaba fumando cuando terminamos de hacer el amor aquella mañana. Era a mediados de octubre. Ella se veía espectacularmente bella desnuda. Conmigo no tenía complejos y parece no tenerlos. La rutina de siempre era desayunar y después follar; esa vez no fue la excepción pero ese día las cosas cambiaron para bien o para mal.

Siempre nos veíamos en su casa pero por casualidad tocó hacerlo en su casa. Inesperadamente llamaron a la puerta. Ella se levantó de la cama en un salto. Jamás la vi tan asustada. Me quedó viendo como diciendo “ándate ya”. Y yo simplemente me quedé en blanco. Sabía que era él. La adrenalina entró por mis venas, sería el momento perfecto para enfrentarme a él y decirle la verdad… pero ¿qué verdad?

Alcancé a ponerme los bóxers, agarrar mis jeans y camiseta. Me metí al baño cual si fuere la puta de un político a punto de ser descubierto por su esposa celosa. Me encerré con llave. Me acordé que no me traje los zapatos y probablemente ella no los había visto. Mi ritmo cardíaco estaba a mil. Ella estaba corriendo como loca tratando de arreglar el desorden, escuché como se echaba perfume y se peinaba en un santiamén. Siempre admiraré la habilidad de las mujeres en hacer mil cosas a la vez.

La escuché bajar las gradas y abrir la puerta. En efecto era él. Escuchaba su voz fingida de macho dominante y la voz de ella más aguda, hablando como niña chiquita. Siendo cualquier otra cosa menos ella. Los escuché besarse y pensé en agarrar mi celular para distraerme… ¡qué mierda! Mi celular quedó en la mesita de noche. Era el momento, mi corazón me iba a estallar, pero en ese momento me sentí con el valor de salir de ese baño y enfrentar a la pareja de mi mujer amante.

Pero por alguna razón el cornudo no estuvo mucho tiempo y así como vino se marchó. El Superman que llevo dentro no tuvo la oportunidad de salir esta vez. Ella subió de nueva cuenta a su cuarto, tocó la puerta del baño y abrí. Con un suspiro y encogiendo sus hombros me explicó que estaba fuera de peligro, pero me pidió que me fuera, cosa que me sorprendió y me molestó mucho. Parece que la confundida era otra esta vez.

No quise discutir más aunque me sentía herido, simplemente agarré mis cosas y me fui. Algo cambió en mí desde ese día. Pensé que las cosas habían vuelto a la misma incertidumbre, a esos celos enfermizos de saber que esta con otro, al menos si él supiera, todo fuese diferente, no creo que él la llegase a perdonar, en cambio yo… he aguantado tanto solo por el hecho de tenerla cerca. Pero las cosas debían cambiar.

No le hablé durante varios días y tampoco le contestaba sus llamadas. Necesitaba pensar y con ella junto a mí era imposible actuar razonablemente. Entonces activé en mi cerebro ese chip invisible del mujeriego descarado que todos llevamos. Empecé a salir con una y coger con otra. Enamorar a aquella y a dejarla a ella.

De alguna manera eso me distrajo y también volví a las carreras, a las parrandas, a las cervezas y a los desvelos. Solo estaba siendo más imbécil de lo usual pero fue la única salida que encontré para olvidarme de ella.

Un buen (mal) día me la encontré en un bar. Tenía tres meses sin saber de ella y cuando la vi a lo lejos bailando como energúmena con sus amigas, no pude evitar ponerme nervioso y como buen marica empecé a beber más de la cuenta. Andaba un vestido negro ceñido al cuerpo pero sin mostrar más de la cuenta. Su pelo completamente lacio, lo tenía más largo. Creo que nunca voy a dejar de admirarla.

De repente ella volteó y me vio. Nos quedamos viendo un minuto que pareció una hora. Ella, quien es la de los pantalones, se acercó y se sentó a mi lado, no le importó que estuviera acompañado con otra mujer.

-¿Cómo estás?- me dijo con la voz temblorosa.

-Muy tranquilo.-le mentí mientras bebía otro sorbo de mi trago.

-No te veo tranquilo…- susurró pero esta vez le cambié la mirada.- te he extrañado tanto.- me dijo lloriqueando.

-¿Qué tal tu novio?- le pregunté con sarcasmo.

-Ya no tengo novio. Hay muchas cosas que no sabés.

-Claro, deseguro ya tenés a otro con quién coger.-ataqué, arrepentido al instante. Y ella me miró duramente.

-Voy a creer que estás borracho y que jamás dijiste eso. Ahora levántate, despedite de tu dama de compañía y vámonos de aquí.- dijo mientras se levantaba y me agarraba de la mano.

-NO me voy a ningún lado y no estoy borracho.- le dije mientras soltaba mi mano.

Ella expandió sus ojos como si no creyera lo que acaba de escuchar y luego su mirada se tornó llena de vergüenza. Nunca en la vida le había dado un No por respuesta y tal parece que no lo tomó muy bien. Dentro de mi ebriedad disfrutaba el hacerla sentir mal, sin pensar en lo que podría suceder después.

-¿Estás seguro?.-me preguntó notablemente dolida.

-Muy seguro. ¿Ya qué? Ya pasó. Ya se acabó. Ya fue. Hagámonos un favor: Quédate con él.- le dije mientras ella repetía la última frase

-Si… eso es precisamente lo que voy hacer.- me sonrió, me halo suavemente el copete de pelo y se dio la vuelta. Les dijo algo a sus amigas y se marchó del bar.

Al día siguiente milagrosamente no me levanté con resaca pero no quería pensar en ella. Seguí en el mismo tranvía del hombre relajado que no le importa ninguna fémina y tampoco se desvive por una sola vagina. Mi vida siguió igual… hasta que un día mi realidad se asomaba como un cipote curioso. Ella ya no estaba. Ni mi amiga, ni mi amante. Simplemente no estaba y yo la había alejado. Pasé tanto tiempo preguntándome qué hubiese pasado esa noche que me pidió irme con ella. Si quizás me hubiese elegido a mí. Si en todas esas llamadas que no contesté por orgullo estaba la respuesta que tanto añoré. Si en este momento estaba tirada en la cama con él…

Creo que pasó un año hasta que pude conocer a alguien que realmente me gustara sin tener que compararla con ella. A veces no puedo asimilar que las cosas pasaran así. Por qué tenía que acabar todo. A veces simplemente extraño hablar con ella. Extraño a mi mejor amiga. El sexo lo podría encontrar en cualquier lado pero la confianza total solo se entrega una vez en la vida.

Me pregunto si ella pensará en mí de vez en cuando. Pensando en el idiota de su amigo que se enamoró de ella y que la cortó borracho y de la manera más cobarde en bar o simplemente pensará en mí como un error que la hizo mejor mujer y mejor amante o simplemente no pensará en nada excepto cuando me ve por accidente y me sonríe con nostalgia. Eso nunca lo sabré.

No sé si algún día podría estar con ella. Tampoco estamos en el final de nuestros días. Ella sigue siendo una preciosa mujer, ahora exitosa, autodependiente, lo que siempre soñó. A veces me la encuentro casualmente en alguna fiesta o centro comercial. Nos saludamos cordialmente y es un tanto incómodo pero supongo es normal sentirse así. Nos besamos en la mejilla y adiós. La observo mientras se aleja, viendo al amor de mi vida alejarse… Pero la vida es así… mejor dicho los pendejos somos así… FIN

miércoles, 10 de abril de 2013

Los Amigos y los Amantes (Parte 2)


Cuando desperté eran alrededor de las once de la mañana. Tenía puestos mis bóxers. Ella estaba a mi lado, durmiendo como una piedra. Tenía el pelo desparramado en su costado. 

Todavía recuerdo cada detalle. Se veía hermosa. Estaba completamente desnuda. La sábana solo le cubría las nalgas y le podía ver su tatuaje en el coxis. Una flor con forma de mariposa con tribales a los lados que yo la ayudé a escoger y se lo hizo conmigo el mismo día que me tatué el nombre de mi madre en el antebrazo derecho. Teníamos 21 años. Su padre le dejó de hablar por dos semanas pero después se le olvidó. Ella ama su tatuaje, pero no le gusta mostrarlo.

Cuando se despertó yo ya me había duchado. Estábamos en la habitación de mi amigo, el dueño de la casa. Probablemente el culpable de todo esto. Aún nadie se había levantado. Excepto nosotros dos.
Nos quedamos viendo por un buen rato sin expresión alguna. Por dentro me moría del miedo al creer que ella pudiera pensar que lo de anoche fue solo un impulso, algo fuera de lugar, lo que suele suceder entre dos personas alcoholizadas. Los pensamientos me hacían mierda. Y ella seguía sin decir nada.

-Llevame a mi casa.- me alcanzó decir con la voz de recién levantada.

-Ok.-le dije sin decir nada más.

Todo el trayecto hacia su casa fue el silencio más incómodo de mi vida. Sentía que me habían cortado la hombría, los huevos pues. ¿Dónde se fue el hombre que ayer se atrevió a besarla y hacerla mujer? Me sentía un marica. Pero realmente no podía decir nada. No quería arruinarlo. No quería perderla.

Quizás ella sentía lo mismo. Al dejarla en su casa el “adiós” estuvo de más. No nos hablamos durante dos semanas y ha sido la peor angustia de mi vida. Ante lo que pudo ser lo mejor que me pudo pasar, no dormía al creer que fue todo lo contrario. Una cagada con desastres de alcances descomunales. Sentía que perdía a mi mejor amiga, a una parte de mí.

Justo antes dos días antes de mi cumpleaños, inesperadamente ella me habló. No me avergüenza decir que ella tiene más pantalones que yo. A su lado siempre fui un cobarde pero no había terminado de ser tan estúpido.

Quedamos de vernos en mi casa para aclarar las cosas y tratar de recuperar nuestra complicidad, nos extrañábamos y ninguno de los dos lo negaba. Pero culpo totalmente a las hormonas. Cuando la veo con sus vestidos me vuelvo más pendejo de lo usual. Me gusta creer que a ella le pasaba lo mismo. Hicimos el amor ahí mismo, en la sala y semidesnudos, de nueva cuenta sin protección en los genitales ni en el corazón. Por primera vez escuchaba venirse a una mujer sin que lo fingiera. Y se me hacía mucho mejor que fuese precisamente ella, la mujer que amaba.

Cuando se terminó de vestir se dejó caer otra vez en el sofá y empezó a llorar. Sabía lo que me iba a decir, casi podía leer su mente y adivinar sus palabras. Realmente no la quería escuchar pero fue necesario.

-¿Qué va a pasar con mi novio? Esto está mal…-me dijo como si realmente le preocupara.

-Pensé que ya habías terminado con él.- le dije sarcásticamente pero sin esconder mis celos.

-No es fácil…- me dijo mientras se ponía en pie y me daba un beso. – pero no te quiero perder.

Esas palabras bastaron para decirle aunque fuese de mala gana que su novio no era un problema para mí. Le dije que se tomara su tiempo y que algún día sabría tomar la mejor decisión. Le mentí sobre lo que en realidad sentía pero de alguna manera sabía que ella no me elegiría a mí. Me puse la camisa de amante furtivo, tan inocente como pendejo, pero supongo que así nos comportamos los hombres cuando perdemos la cabeza por una mujer y ella valía eso y mucho más.

Nos sumergimos en una pasión absoluta. Donde no reinaban nada más que las risas, el buen sexo y largas conversaciones sobre Mel y Micheletti, los católicos y los evangelios, los condones y el puro pelo, de los abogados y los santos. Casi nunca estábamos de acuerdo en algo. Pero en el fondo sé que ella siempre tenía la razón pues ella ha leído más que yo.

Mi placer total era verla cocinar el desayuno para mí. Las mañanas eran lo mejor del día. Después de tomar el último sorbo del jugo de sandía que ella misma preparaba, nos íbamos a mi cuarto, o al baño, a la sala o en la misma cocina para tener relaciones hasta el cansancio. Era como una deliciosa rutina que parecía no tener fin.

Las noches eran del otro man. Aunque a decir verdad era yo “el otro”, pero por ratos lo olvidaba. Conmigo pasaba más tiempo y sé que con él no tenía tanta intimidad como la tenía conmigo. Nunca se lo pregunté a ella por respeto, pero lo presentía. Esos fueron tiempos felices e infelices por ratos.

Pero para desgracia de los románticos y fortuna de los malvados, todo lo bueno algún día simplemente deja de existir… íbamos en mi carro a toda velocidad por el anillo periférico, cuando era más joven mi único hobbie en el mundo era competir en carreras y andar vagando en todos lados con mi carro, haciendo pintas, siempre con mi cómplice, por supuesto, quien me acompañaba a casi todos los eventos. Pero los años, mi carrera y las angustias de mi madre me obligaron a dejar a un lado ese costoso y suicida pasatiempo.

Fue un viernes en la madrugada, veníamos de bailar, de su lugar favorito. Creo que íbamos a 160 Km/h, hacía mucho que no corría así y sentía la adrenalina otra vez por mis venas. Ella se agarraba fuerte de mi pierna y cerraba los ojos pero con mis burlas se hacía la valiente y trataba de ocultar su preocupación. Nos estacionamos en una gasolinera, entré a comprar un six y cuando regresé la encontré hablando por teléfono, estaba alterada y con los ojos llorosos…  se llevó el dedo índice a los labios en señal de que no hiciera bulla y tenía esa mirada angustiosa… y sí, no pensaron mal, era con ese semejante hijo de la gran puta que estaba discutiendo.

Me salí otra vez del carro y me subí en el techo del mismo. Empecé a tomarme las cervezas como si fueran nada mientras escuchaba como le mentía a su novio. El oficial. El que le hace el amor legalmente. La escuché decirle “te amo” dos veces y mi poco conciencia y amor propio me recordaban el lugar que tengo, el que yo mismo me di. Al poco rato ella dejó de hablar y las cervezas se deslizaron por mi garganta como una corriente, entonces fui a comprar otro six, quería agarrar valor para mandar todo a la mierda junto con ella.

CONTINUARÁ….

miércoles, 3 de abril de 2013

Los amigos y los amantes.



No puedo decir con exactitud qué día me enamoré de ella. Creo que todo pasó cuando la vi en aquel vestido negro entallado y esos tacones plateados que la hacen ver más alta y elegante. Teníamos 17 ambos y era la primera vez que salíamos legalmente a la disco con permiso de nuestros padres. Ese día quizás la vi con otros ojos. Pero mi amor hacia ella siempre estuvo latente desde que la conocí en la escuela, (en el primer día de clases cuando fue la única que me habló), siempre la quise, es solo que ese día me di cuenta de ello.

Ella es realmente hermosa pero anda demasiado despistada como para dase cuenta. Podría pasar horas mirándola sin aburrirme. La manera en como camina, siempre con sus tenis Converse, sus camisas flojas y sus jeans tubo. Arreglándose el pelo hacia atrás cuando lee cualquier cosa. Y siempre trato de disimular mi asombro cuando la escucho hablar de política con mi papá. Sabe tanto del mundo y de la vida pero no sabe mucho de sí misma. La amo tanto que duele en los huesos, casi, casi como una patada en los huevos.

Recuerdo esa noche, eran casi las once cuando me habló en llanto partido. Al principio no entendía lo que decía pero me imaginaba el porqué de su dolor. Era él. Siempre es ese hijo de las mil putas el dueño de sus lágrimas. No soportaba escucharla llorar y me fui corriendo para su casa sin importar que fuese medianoche y que su casa quedara a 20 minutos de la mía. Ella valía eso y más.

Cuando llegué ya estaba más tranquila pero tenía los ojos hinchados y la nariz roja. Aun así se veía preciosa. Cuando me vio se me tiró encima. La abracé fuerte, le acaricié su largo pelo ondulado y traté de hacerle chistes y cambiarle el tema pero ella quería hablar de él. No insistí y la escuché, toda la noche hasta la madrugada. Me dijo que era la última vez que lloraba por ese imbécil. Me juró que ese día se acabó todo con él y viendo su expresión fría y decidida le creí por completo. No pude evitar sentir una especie de euforia de ganador al escucharla decirme todo eso, pero también me sentía miserable porque sabía que tal vez era mentira. La conocía demasiado bien. Hubiese dado todo, cualquier cosa por ver que algún día me llore así y me ame con toda esa intensidad con la que ama a ese pendejo.

Pero mi felicidad era en verla dormir en mi regazo. Pasábamos todo el tiempo juntos y jamás nos aburríamos. Hablando sobre la inmortalidad del sapo y simplemente riendo como locos por cualquier tontería. Dentro de mis amigos ella era la número uno. La de hierro. Quisiera creer que ese sentimiento si era compartido, pues yo siempre estuve ahí, siempre he estado allí.

Es tan jodidamente hermosa y no se da cuenta. Ella se merece romper corazones, no que se lo rompan a ella. “¿Y yo qué merezco?” me preguntaba cada noche. Era mi amiga, mi confidente, mi cómplice y todo lo mejor que alguien pudiera desear en una persona. Es todo menos mi amante. Y ese hecho me atormentaba casi a diario.

Hasta que un día sucedió lo inevitable y algún Dios del amor se apiadó de mis deseos. Estábamos en una reunión, entre amigos, tomando y pasándola bien. De repente la hermana de mi mejor amigo me sacó a bailar. Nunca he sido bueno para el baile y eso del perreo no se me da pero la muchachita ésta tal parece que solo quería sentirme cerquita y pues yo no me hice el rogado.

Andaba una equis cantidad de cervezas en la cabeza y la fulana, pues ni se daba cuenta que tenía el vestido subido casi al cuello. Estaba de lo mejor hasta que en una fracción de segundos se acercó de la nada ELLA, la flor de mis tormentos. Se parecía a Hulk por lo furiosa que estaba, pero en este caso en vez de verde estaba roja. Me agarró y haló fuerte de la mano y me dijo: dejá de hacer el ridículo con esta zorra. Me llevó a empujones a un cuarto dejando con la boca abierta a la fulanita caliente, quien jamás en la vida me volvió a dirigir la palabra.

Cerró con llave. Me empezó a decir todos los insultos que jamás en la vida la escuché decir a nadie. Yo estaba asombrado y cualquier efecto de embriaguez se esfumó. Trataba de asimilar si sus celos eran de una amiga que quiere cuidar a su mejor amigo o eran de una hembra cuidando a su prospecto de macho.

-¿¡Qué te pasa!?- le pregunto casi gritándole.

-¡Qué descaro! Bailar con esa chuca que se ha metido con todos tus amigos.- me dijo sacando humo de la cólera.

- ¿Y eso queeeeeé? ¿A quién le debo respeto?.- le dije cruzándome de brazos y sonriendo porque confirmaba sus celos pasionales.

Ella no supo que contestar, solo se me quedó viendo como nunca antes lo había hecho. Y no sé de donde agarré las agallas para acercarme a ella. Bendito alcohol. Le volví a preguntar.

-Decime. ¿A quién le debo respeto? ¿A vos?.- estábamos frente a frente y tan cerca que podía sentir su respiración agitada.

-¡Sí, a mí!- me dijo, mientras me mordía los labios de la euforia al verla tan nerviosa.

¿Por qué a vos?- le pregunté acercándome al grado que podía tocar su nariz con la mía. Esto era como surreal.

-Porque te quiero.- me dijo con una voz firme y yo sentía que el corazón se me iba a salir.

Le agarré el pelo con fuerza y la besé con violencia. Me aferraba a la idea que eso no era un sueño. ¡No! En realidad estaba pasando. Sentía sus dientes chocar con los míos. Mi lengua revoloteando dentro de su boca y sabía exactamente que hacer pues fueron tantas noches imaginando esto y por fin estaba pasando. Bajé mis manos a su cintura y las metí debajo de su blusa, estaba sudando. Sin poner tanta atención a la bulla de afuera, nos dejamos llevar y en cuestión de segundos estábamos completamente desnudos tirados en la cama y yo encima de ella. La penetré con fuerza. Hicimos el amor como si no existiera un mañana. Me concentré en hacerla mía y no en que pasaría después.
CONTINUARÁ