domingo, 8 de junio de 2014

Aquel hombre risueño


Él está conversando con alguien. Tiene una Port Royal en la mano. Sé que lo conozco de algún lado pero no puedo ver desde lejos. No alcanzo a divisar sus ojos aunque sí su sonrisa.

De la nada empiezo a sentir miedo, mucho miedo. Yo sé que le va a pasar algo, pero él no sabe nada. No me canso de afinar la vista para lograr reconocerlo. No puedo, pero desde acá se mira feliz. Con su risa tan sonora y bonita. La escucho muy bien y cada vez se me hace más familiar.  Parace que tiene sus cervezas encima pero no deja de ser encantador. Todos le ponen atención cuando habla, hasta los viejos borrachos de la otra mesa. Podría estarlo viendo por horas y horas pero el miedo sigue ahí.

Al rato, miro que un hombre alto y trigueño está detrás de él pero tampoco alcanzo a distinguir quién es. Me sobo los ojos para despejar la vista. Todo sigue borroso pero estoy segura de que viene a causarle daño. Yo sé que es su asesino y sé que debo hacer algo. Me pongo a temblar pero el hombre feliz sigue riendo, sigue tranquilo.

El miedo se intensifica pero no hago nada; tengo la leve esperanza de que ese hombre malo se arrepienta en algún momento, cuando vea que no puede matar a un buen tipo, y es que se miraba tan contento... La gente mala no anda contenta. Pero a ese hombre terrorífico, a quien ahora le identifico un bigote y unos pronunciados dientes amarillos, se saca una pistola de la cintura, la empuña, la desmonta y apunta a la espalda de aquel hombre risueño.

Las lágrimas empiezan a mojar mi cuello. Quiero gritarle para alertarlo y para que corra hacia mí, pero mi garganta está cerrada. Es la impotencia más desgarradora. -Si tan solo voltearas a verlo, seguro lo convencerías de no disparar o al menos podrías defenderte.- Pero mis intentos son inútiles.

Hay mucha gente cerca. Es de noche pero el lugar está muy concurrido. Las personas andan, hablan y murmuran pero tampoco hacen el intento de advertir al hombre bueno que está en peligro. Tampoco hacen nada para evitar que el hombre malo se detenga. Una señora de unos cincuenta años carga a un niño pequeño. En un acto casi fugaz y violento, se lo acerca al pecho con un brazo y se lleva una mano al rostro para taparse los ojos y no ver lo que está a punto de pasar.

Estoy segura de que esa doña conoce muy bien a ambos hombres y no fue capaz de hacer nada.

Siento que mis venas se llenan de una arena muy espesa. Cierro los ojos por un segundo que transita en cámara lenta. Escucho una ensordecedora explosión, muy parecida a aquel cohete que me explotó en mi dedo meñique cuando era pequeña y que arruinó mi Navidad. Siento en el estómago una presión imposible de soportar. Algo quema mi piel y el ardor se traslapa con el dolor. Me reviso el abdomen con las manos abiertas, pero no hay nada, no hay herida externa, volteo a ver al frente. Busco desesperada al señor que yo quiero ayudar. El hombre malo salió corriendo y el bueno está encorvado con una mancha roja que se expande a correntadas en su camisa blanca. Su cara sólo denota un dolor que es el mismo que siento ahora mismo. Trato de moverme para ir a ayudarlo pero no me puedo mover. Mi pulso está cada vez más pausado. Sé que no hay nada que hacer y me lleno de rabia, de esas que oprimen el pecho y ahogan la respiración. Siento tensos los dedos de las manos, mi boca está seca y mi aliento huele a metal. Al mismo olor insoportable de la sangre.

Las lágrimas despejan finalmente el paño en mis ojos y logro ver con tal claridad la peor escena que el infierno me dio por adelantado.

Ahora lo que siento es lo opuesto de un sentimiento. Todo se detuvo. No era dolor, era la más profunda y cruel de todas las soledades. Ya puedo entiendo todo. Aquel hombre sonriente es papá. Y lo veo morir y yo me estoy muriendo con él.

Cae despacio al suelo. Lo único que me queda es observarlo desde lejos. Saber que al menos no está solo. Que yo estoy con él. Me siento como un animalito asustado. Veo con tanto pesar y amor a quien me dio la vida, y también veo como se le estaba escapando tan rápido la suya. Esto es demasiado. El vacío es tan hondo que ya no importa nada más. Ya todo se acabó. Ya no es rabia sino desesperanza. Él se está yendo, y su sonrisa desapareció por completo. Él no quiere irse y yo no quiero que se vaya. Ahora siento más miedo por mí que por él. Ya no quiero ver nada. Me siento sola. Estoy sola...
 ...y estoy despierta por fin.

Siento tan pesado el cuerpo pero logro sentarme en la cama, me seco el agua de mi frente y mejillas. Veo la hora en el reloj del celular. Faltan tres horas para que amanezca. Me acomodo otra vez en la cama. No quiero pensar. No hace falta recordar la misma pesadilla de esa fecha de noviembre. Si insisto tanto en soñar lo mismo es porque sé que un día (o una noche) podré gritarle a mi padre y él me escuchará y estará vivo.

-Sos muy ingenua, es inútil. Volvé a dormir.-

Me doy la vuelta y soy un feto desolado. Fantaseo con qué pasaría si en realidad fuese todo un sueño de mierda y nada de eso hubiera pasado. Me regaño otra vez. -Ya es tarde.-Cierro los ojos y tengo el mismo miedo, la misma rabia y la misma impotencia. A los pocos minutos me voy durmiendo con la imagen del hombre bueno riéndose. Me da un poco de bienestar pero tengo el presentimiento de que volveré a soñar exactamente lo mismo.

domingo, 1 de junio de 2014

Agua de mayo



Para mi sorpresa estoy esperándote otra vez. Me estoy acordando de ese inglorioso domingo que me prometiste llegar y no llegaste. Yo no espero a nadie. Yo odio esperar. Y el que me hace esperar se gana de inmediato mi irrespeto.

No es lo mismo ser impuntual. Yo siempre llego tarde y sin razón de ser, pero eso sí: nunca hago promesas que sé que no podré cumplir. Y no, éste no es el primer reproche de la noche.

El caso es que no llegaste y me enojé conmigo más de lo que me enojé con vos. Estaba segura de que esa sería la última vez. De hecho, estuve unas 24 horas completas pensando en cualquier otra cosa menos en tu boca. Sin embargo, el esfuerzo no fue suficiente.

Pero sé que hoy no será el caso. Guardaré este tache en una servilleta. La doblaré muy bien y la voy a guardar en el baúl semi-full de mis rencores. Al final de cuentas no soy tan buena gente como parezco. Pero no voy a estar molesta.

Recuerdo que tengo mil cosas qué hacer. Pero escucho la lluvia. Un sábado deprimente perfecto. Las aguas de mayo se vinieron en la colita del mes y de milagro no me agarraron triste. Me encontraron con pereza y sueño.

Siento una increíble modorra hasta para ir a destender las cobijas que lavé hace poco. Prefiero que se terminen de empapar a tener que levantarme.
Es buen momento para tomar una siesta. Extrañaba tanto mi cama. Sí. Mucho más de lo que te extrañaba a vos.
Reviso antes mi teléfono y tengo tres mensajes de WhatsApp. El más interesante era una invitación de un entrañable amigo para ir a tomar un café y de paso ponernos al tanto.

Busco que ponerme y miro las leggins que me puse ayer. Me siento en la cama, me quito el camisón y me toco mis piernas suaves, recién depiladas y me entra un pequeño calambre de cólera entrelazado con ganas de lanzarte mi teléfono en tu cabeza. -Nunca vas a entender lo terrible que es para una mujer pasar una hora en la ducha con el peligro de morir desangrada por una gillet con tan de estar linda para alguien y que ese ALGUIEN te deje plantada- Respiro hondo y al ratito se me pasa la ira.
Ya vinieron por mí.

Con él (con mi amigo) siento una genuina alegría de verlo otra vez. Podríamos charlar horas y horas pero yo siempre termino aburriéndome. Fuimos a un lugar donde venden un delicioso chocolate caliente y unas crepas dulces asesinas recargadas de millones de calorías.

Hablamos de todo hasta de vos y de cuanto ocupa este rejodido país a personas con tu intelecto y tu talento para salir del carajo en el que está instalado. Es increíble lo chiquito que es el mundo. Quizás años atrás el me habló de vos y no puse atención. Ahora menos que nunca creo en las casualidadades.
Habla de otra cosa pero yo ahora sólo pienso en tu lengua reposando en mi ombligo. Para evitar que me vea de mil colores, volteo a ver los cerros luminosos de Tegucigalpa y noto que ya no llueve pero la humedad sigue presente y ahora la estoy sintiendo mejor.

Aquí voy. Me sumerjo en un arroyo de intensidad, esa misma que hace sentirme el personaje principal de una novela. Como vos mismo has dicho, con la buena intención de tirarme una flecha envenenada directo al pecho. Pero no te funcionó.

Este mes no ha sido tan generoso con nosotros. Pero supongo que alguien la ha pasado peor y esa no soy yo. Estuve una semana entera lejos de aquí y no hubo momento en el que no tratara de escudriñarme para encontrar la verdadera razón de mi necedad por vos. Tus distantes y poco objetivas deducciones me dicen que lo mío es un capricho y que ya pronto pasará. Pero, supongo que el muy arrogante psicoanalista que llevas dentro, no ha podido descubrir en mi confundida mente que no hay capricho en esta vida que pueda soportar tanta mierda innecesaria y aún así estar dispuesta a llegar hasta donde se detenga el barco. Eso, cariño mío,  tiene un nombre: se llama valor. Y el valor sólo te lo provee una cosa...

Mi buen amigo se cansa de hablar sólo y me pregunta si estoy lista para irme. Yo asiento con la cabeza y nos paramos para pedir la cuenta.
En el camino a casa iba pensando en nuestras peleas y lo feo que me hacen sentir. No es normal sentir esos celos de tal magnitud, luego esconderlos bajo el brazo y después con el dedo índice ir señalando con acusaciones que no tienen ni pies ni cabeza... o tal vez si tienen todas las extremidades, pero sin una prueba concisa, el acusador siempre quedará como un bobo cobarde.

Nos hemos dicho cosas muy feas y la única razón por la que no nos hemos dicho algo peor es porque todavía nadie está listo para irse.

Hubo tanto tiempo de sequía y cuando vino el aguacero aplacó un poco estas ganas que no son normales. No busco ningún momento especial para hacerlo metáfora y escribirlo en una línea para que don nadie o don alguien lo lean y me crean una mujer increíblemente interesante. Es tu mismo ego maquiavélico que te hace creer que por tener cosas similares, conspiramos igual.
Pienso con la misma frecuencia lo que hubiese pasado si nunca hubieras cruzado la puerta de mi cuarto esa noche, quizás ahora seríamos sinceros amigos y tomaríamos café y fumariamos mota de vez en cuando. Y pienso cómo serían mis mañanas ahora si ya nunca volvieras a cruzar esa puerta otra vez. Lo que estoy segura es que amigos ya no podríamos ser. Ni siquiera amigos amigos cordiales-hipócritas.

Estoy finalmente frente a mi calientita y desordenada cama. Me quito la ropa y vuelvo a ponerme el camisón. Reviso el celular para saber de vos y así dormir tranquila. Ya no me regaño por pensarte tanto. Cada vez siento que vamos caminando a un bonito precipicio mortal pero vamos a paso moderado.

Con vos estoy aprendiendo en qué consiste la relatividad del tiempo. Y que soy joven y que vos sos un joven que gruñe y se queja como anciano. Y que nunca antes me había estorbado tanto que me estén recordando mi edad a cada rato. Que una vez que el agua moja algo deja su marca. Que besar por varias horas sin parar, no es tan aburrido como yo creía. Que te comparen con los efectos de la cocaína puede llegar a ser muy romántico. Y recordé lo bonito que se siente decir con total sinceridad un 'te quiero' después de hacer el amor.

Voy a pensar en tu boca, en tus cejas, en tus piernas y en tus nalgas mientras intento dormir.  Tal vez así me agarra el nuevo mes con mejor ánimo o de un solo me da la mano para sacarme del agua, secarme bien las intensidades e irme con mis historietas de adolescente para otro lado.







domingo, 11 de mayo de 2014

DEJAD LA MIERDA FLUIR

Que la verdad te hace libre, dicen los que nunca han pecado con tantas ganas. Que te convierte en esclavo vitalicio del receptor, dicen los que llevan en su historial los pecados más bochornosos.

Más que mentiras, yo cargo muchas verdades. Algunas me las han heredado sin la opción de devolución. Otras me las guardo para mí, otras se han ido borrando intencionalmente y hay otras que simplemente ya quisieran salir para depurar el sistema.

Siempre es bueno dejar fluir la mierda en cualquiera de sus formas.

No es un acto desesperado por parecer honesta y quedar como petulante, -que casi siempre me pasa-, lo que pasa es que nunca aprendí a ser una buena mentirosa con los demás y todavía sigo intentando (con creces) quedarme callada cuando es necesario.

Quisiera amanecer un día con un poquito más de agallas.  Dejar de tenerle miedo a los sonidos vacíos de la madrugada. A escuchar sin nostalgia las noticias mientras desayuno yo sola. A salir a decirle a mi vecino alcohólico que no llegue a su casa a joder a su esposa e hijos. Que se muera de una vez y de paso me deje escuchar las mentiras del ñato insensato de Renato Álvarez en total tranquilidad.

Que me pone de a verga todo aquel que dice groserías sin un propósito. Que me fatiga todo el humo y la contaminación de esta tétrica ciudad. Que siento un sincero y profundo odio por los que le hacen campaña al desinterés y a la indiferencia hacia el dolor ajeno. Que no me daría remordimiento cortarle uno o dos dedos a todas esas ratas que andan en la calle asaltando a la gente, pero me daría un enorme placer juntar en un solo lugar a todos esos gordos miserables que han chupado con tal ferocidad las entrañas de este huesudo pueblo, para ponerles una cámara de gas al estilo hitlerniano y después tirar los cuerpos en una fosa común, con un letrero que diga: "Party it's over, la justicia si existe."

A veces solo quisiera recostarme en una silla amable y confortable para flotar con la boca entreabierta para que las verdades fluyan solas y que no haya más espacio para incubar ninguna mentira.

Que me diga alguien que no es bueno ser muy sincero. Que omitir una verdad es apegarse a la prudencia, pero estoy segura que en ningún planeta,  ser astuto e inteligente significa también ser un vulgar cobarde. El que miente, el que omite es porque tiene miedo. Punto.

Y todo en esta vida es paradójico. Y estamos (mal) conscientes de que algunas verdades te pueden causar el mismo daño que causa una úlcera gástrica.

Hace algun tiempo estuve despertando con alguien que mentía por deporte y me disgustaba tanto que hasta fui aprendiendo la mala maña de mentirle también. Más tarde, estuve saliendo con otro tipo cuya sinceridad me causaba tal miedo que prefería no preguntarle de más por terror a que me dijera lo que yo no quería escuchar.

Es cierto, el que miente te golpea pero te va matando de a poquito, y el honesto, ese te fusila al instante y ni te da tiempo de reaccionar cuando ya estás tirada en el suelo. Por eso decidí optar por tratar -o seguir tratando- de decir la verdad cuando sea necesario, no para impulsar mi carrera como novicia para darle gusto a la monja hermana de mi abuelo, sino para ser más cómplice conmigo misma... o cuando simplemente tenga ganas de joder, por joder.

Está fregado andar regando verdades por el mundo y más cuando nadie está listo para escucharlas, pero hay algunas que son urgentes. Que andan invisibles en el aire listas para desaforarse y ser gritadas.

Por ejemplo, me gustaría decirle a todos los homosexuales de closet que conozco, que no se dejen podrir solos por culpa del miedo a ser rechazados. Que si los reprimen sus doctrinas eclesiásticas, sepan que me han contado que el infierno no es un lugar tan malo como lo pintan y que ahí está la mayoría de la gente interesante.

Decirles con megáfono a esos cavernícolas de corto pensamiento que una mujer es muchísimo más que el uso que le da a su vagina un sábado por la noche. Comentarle en confianza a esa colega querida que sale en la tele, que sus chiches operadas se ven más falsas que el discurso del presidente de este país. Tener el tacto y la elegancia para confesarle a mi amigo de las cinco de la tarde que su ego y su soberbia me dan ganas de dormir.

Susurrarle de lejitos a esa compañera de trabajo que me disgusta tanto su hedor y que no es culpa suya sino de mi nariz que es muy insquisidora.

Que ya estoy lista para escribir la "enésima autobiografía de un fracaso".

Mandarle un correo a todos mis pocos amigos para describirle a cada uno todos sus defectos, sus bien ganados complejos, todo lo que me fastidia de ellos y el mínimo esfuerzo que hago para aguantarlos. (Si hay un Dios allá arriba, siempre le voy a agradecer el extraño poder mágico de ignorar y olvidar todo lo que me aburre -por mucho que lo ame-).

Pero no me crean todo. Sigo siendo una vil mentirosa con la persona que más aprecio y quiero: to Me, myself and I. Me miento descaradamente todo el tiempo para poder levantarme de la cama. Para soportar la insoportable verdad de todos los días. Y para convencerme de que ya no hay nada en esta vida que pueda hacerme más daño después de todo lo que he pasado a pesar de mis veintipocos.

Que no es mi intención ser mal hija, ser mal hermana,  ser mal amiga o ser mal amante. Que solo soy alguien tratando de aprender lo que todos los días la vida trata de enseñarme desde que mi madre abrió las piernas para dejarme entrar y para dejarme salir. Soy algo así como un error de fábrica, pero buena gente al fin y al cabo y lo mejor de todo: mi amor loco todavía no se inmuta ante una mentira que se quiera penetrar o ante una verdad que desee irse para siempre.

domingo, 30 de marzo de 2014

Álter Ego



Casi nunca me gusta conversar con mi otro yo. Se cree mejor que yo y a veces pienso que es verdad. Sus palabras aborrasadas de regaños y desacatos me dejan la cabeza un poco dañada.

Mi otro yo siempre luce bien. Es apuesto, elegante, coqueto y muy fuerte, por eso creo que es hombre. Y por ratos es vanidoso, delicado, burlón y pícaro, por eso creo que es gay. Mi otro yo nunca me hace caso, es la concepción del capricho malfundado, me recuerda cada error que cometo, su astucia se infiltra con sus ojitos de doncella en apuros. Por eso estoy segura de que es mujer.

Mi otro yo es un obsesivo ordenado. Nunca pierde una batalla aunque ya tenga perdida la guerra.

Es un mal hijo, mal hermano, mal amante y no le importa, pues hace todo lo que puede.
Mi otro yo duerme en pelotas y le gusta comer toneladas de Ice cream porque sabe que no engorda. Todos los domingos en la noche hace la falsa promesa de hacer ejercicio y comer más verde con eso de que está de moda ser saludable.

Nunca pide permiso y tampoco pide perdón porque sabe que de todos modos siempre será el favorito.

Tiene varios meses de no leer un buen libro ni mofarse con una buena película y se siente muy bien.

A mi otro yo no le gusta la hierba ni el alcohol y odia a los adictos. No pasa escribiendo todo el día para ser un buen escritor porque sabe que ya es el mejor.
Mi otro yo se enoja cuando tengo miedo y cuando meto las cuatro. No se toca el corazón para reprenderme y mandarme a la mierda aunque de colada se vaya él también.

Mi otro yo, que a veces sufre de estreñimiento y se desborda por la boca en palabras soeces, anda por la vida muy sonriente cagando como cagan los conejos.
Es el que nunca se intimida por una mirada intravenosa, ni por un buen beso, ni por un orgasmo inesperado. Mi otro yo sabe que nunca será posible perder la cabeza por alguien y que antes de que suene la alarma de una pasión avasallante, es mejor sacrificar cualquier amor con tal de no dejar de ser él mismo y salvaguardar su sagrada libertad.

Vuelvo a creer que mi otro yo es hombre. Quizás por su nariz ancha y sus pómulos pronunciados. O tal vez por su frialdad para no contestar el teléfono cuando se siento muy fastidiado.

Mi otro yo sólo come pastas y sólo bebe vino. Le gusta observar y escuchar a la gente guapa e inteligente, en ese mismo orden. Su orgullo le impide sentir ni un poquito de envidia, pues sabe que tiene un poco de las dos. Lo que le convierte en el alma de la fiesta.

Mi otro yo a veces no me deja dormir y me grita desde el otro extremo de la cama que estoy dejando ir el tiempo, que me estoy envejeciendo y que me estoy enamorado. Que la vida con ese orden de los factores no funciona bien.

Mi otro yo es el más osado de todos, sabe que no hace falta ser gentil para ganar elogios, sabe que no hay que ser el más sabio para ser el más interesante y sabe que no hay que ser el más atractivo para ser el más codiciado.

Mi otro yo no anda con prejuicios idiotas, por eso (en secreto) me cae bien.
Mi otro yo se pone vestidos, tacones y una corona de flores en el pelo. Camina con desencanto y soberbia. No voltea a ver a la gente en la calle aunque sabe que todos lo voltean a ver. Y ahora me confunde pensar que pueda ser en realidad una mujer.

Mi otro yo se mofa de mis temores. Me hace admirarlo y detestarlo una vez a la semana. Me hace pensar y escribir sobre él.  Hace que me duela la cabeza,  me hace mezquina, egoísta y sincera. Me corta los dedos y me regala dos alas. Me advierte y me dispara. Me consciente y me sonsaca.

Mi Álter Ego no tiene sexo y no le importa. Se toma su papel de deidad muy en serio pero no es por eso que lo respeto. Mi admiración va más allá.

Mi otro yo, en días como hoy, a pesar de todo lo que es, se acuesta al ladito mío, todo tembloroso y perdido, con más miedo que un ratón acorralado en una cocina, con su cara al piso y con el orgullo pisoteado, me pregunta: ¿qué hacemos ahora?

domingo, 23 de febrero de 2014

La Muerte Súbita

Fue algún dios despistado, haragán, acechador y alcahuete, ese que siempre se las arregla para convencerme que puedo hacer todo lo que yo quiera. Fue ese mismo dios el que trajo tu aroma hasta mis sueños y que junto a Morfeo sintonizaron puras películas interesantes en mi cabeza. 

La primera de ellas, fue un corto que relataba como tu cuerpo y el mío se conocían sin ayuda del parasimpático. Se amarraron con tal descaro que hasta el imán más potente quedó tímido al lado de ellos. De protagonistas tus piernas, lo que resaltaba entre tus piernas y tu boca. Mis ojos filmando cada detalle sin dejar que interfirieran esas miradas metiches que ni de extras quedan bien. El argumento se trataba de cómo tus inquietas manos ayudaban a mis caderas para elevarse sobre una mesa azul mientras mis piernas se abrían al unísono del coro de una canción. Vamos a hacernos los interesantes y dejemos a la imaginación de los curiosos dos elementos muy sustanciales del guion, el tibio y muy apretado nudo y el húmedo y muy liberador desenlace.

Fue con toda mi mala intención que te atraje al campo de batalla. A ese en el que ninguno de los dos ha perdido (hasta el momento). Entre tus peculiares mañas están mis ganas de seguirte bebiendo cada día como si fueses esa copa de vino que recetan los doctores, aunque a los dos sorbos me embriaga por completo, pero siempre quiero más y más...

A este punto, en plena guerra medieval, no me interesa llenarte la cabeza de halagos ni hacer uso de artimañas o inventar todas esas ganas y todos esos besos que sienten los amantes. No vale como estrategia escribirte con tantos adornos y marañas que me desespero a cada segundo por morder tus labios o que cada día que toca esperar para volver a verte es igual o peor de tortuoso y absurdo que escuchar una misa entera de cuaresma mientras pienso en el vivo pecado. 

Mi objetivo va más allá que endulzarme el paladar con palabras bonitas para tus oídos. Esa arma la habré utilizado hacia aquel o aquellos tipos de baja autoestima que nunca supieron y nunca sabrán que para cualquier mujer que sabe conjugar verbos y sustantivos, escribir en un papel "sos el mejor amante que he tenido en toda la vida", sólo es una manera de obnubilar su ego y así moldearlos cual si fueren vasijas de barro.

Y tampoco el gatillo sirvió conmigo cuando algún valiente intentó en el pasado formar unas cuantas líneas incoherentes (y otras muy hermosas, pero plagiadas), con el fin de amarrarme los pensamientos con cáñamo y hacerme su total esclava. Un conjuro bien elaborado con patas de conejo y sangre de culebra habrían sido más eficaces que tratar de enamorarme con esos espantosos poemas.

Me gusta ser tu combatiente sin armadura. Luchar en un colchón pequeño y en un mundo tan grande. Roque Dalton pudo describir mejor que yo ese hecho tan violento que nos convierte en enemigos íntimos y cómplices desconfiados, muy sanguinarios y letales pero con una ternura infinita. Lo bonito de hablar el mismo lenguaje es que podríamos identificar casi al instante alguna mentira infiltrada, pero por los ratos, no me interesa saber si hay una por ahí o si hay cien (de tu lado o del mío).

Ningún hombre o ninguna mujer, (sensatos) en el arte de la guerra, le cuentan al rival sus historias secretas, ni las reales ni las inventadas y a mi me encanta escuchar tus historias después de la hermosa batalla. Que si de tanto pelear nos cansamos rápido y nos agarramos cariño y nos disfrazamos de viejos-buenos amigos o si mejor creamos alianzas como en la mafia para no hacernos daño. O que tal que nos declaramos la guerra y seamos como esos grandes amantes de la historia, de esos que la intensidad de su pasión fue más fuerte que los temores, que las culpas, más fuerte que la misma muerte. De esos amantes que nacen y se encuentran cada mil años. 
O que tal y somos más sensatos y nos rendimos y somos amigos cordiales, de los que prefieren el café con licor y la música en un buen bar, a pelear cuerpo contra cuerpo sin saber exactamente quién se lleva la victoria o la derrota.

Mientras tanto, las hormonas como mal consejeras me dicen que deje de pensar y les recuerdo que hace varios domingos dejé de hacerlo y me dispuse a cabalidad a ser la guerrera que me enseñó la vida. Me enfrento a tu pecho con tal valentía que mi angelito de la bondad se sentiría orgulloso y me pediría perdón si se diera el caso. 

Me gusta verte en esas películas subidas de tono en las madrugadas mientras alimento el deseo de querer combatir cada vez más, me regocijo al saborear esa sopa espesa de adjetivos y antónimos antes (y después) de cada batalla. Me sublevo al ver esa contradicción que viene en piernotas a atacarme mientras estoy recostada, indefensa, sin escudos. Estoy completamente seducida por esa boca tan sensual y cínica, pero lo que me hace sentir realmente victoriosa y poderosa es ver ese rostro de dictador sumiso cayendo en mi pecho, derrotado por muerte súbita, desvaneciéndose resignado en mi cuello no sin antes exhalar el último respiro, destilando así del cuerpo un olor diferente, al estirar las piernas y los brazos sabe que ya es el final, mostrando una última vez su más preciado secreto, mientras deja poquito a poco este mundo de los aburridos mortales.

domingo, 19 de enero de 2014

TIPO SANGUÍNEO: REBELDE POSITIVO

Desde que descubrí que tengo un poco de consciencia social me he cuestionado a mí misma, cuál es el “punto de quiebre” en la vida de otras personas especialmente en la de los jóvenes para adoptar una postura política. Me pregunto si nace de ellos, es decir de su propio raciocinio o si viene de otra persona o si va connotado más a su contexto social. Pero sobre todo me pregunto si llega de verdad ese día, el día que alguien decide pensar.

El hecho de que me considere simpatizante del Socialismo o que sea el centro-izquierda mi  ideología política, no significa que fue porque amanecí un día creyéndome superwoman, o que hice un voto de pobreza, o que me devoré toda la obra de Marx y Lenin y empecé a llevarme con artistas y marihuaneros para encajar en el cliché de los ñángaras. Tampoco lo soy porque crea que el ser revolucionario está de moda o porque el Ché Guevara es super cool como piensan algunos burguesitos que no conocen ni la cuarta parte de la vida de aquel rebelde argentino.

De hecho adopté mi postura política por diversos factores pero un acontecimiento en especial fue el que determinó mi manera de pensar y por consiguiente mi manera de actuar. El día en el que comprendí que es más efectivo profesar una ideología política que una religión fue el día en el que me di cuenta que soy capaz de pensar por mí misma y no dejar que otros lo hagan por mí.

El primer choque que tuve con la realidad fue a los 17 años. Me mudé a Tegucigalpa con tal emoción que no me conmovió en absoluto dejar triste a mi madre, a la mitad de mis amigos, mi casa, mi cama, mi pueblo. Me mudé porque iba a la universidad, a la universidad pública, a la misma donde estudió la mayoría de mis familiares. Estaba genuinamente feliz.

Sin embargo el espíritu de aventura y entusiasmo se apagaron de un soplo, cuando supe que tenía que ir en bus a la universidad y regresar en otro bus a la casa. Nunca en la vida me había subido a un bus urbano y aunque suene un poco despectiva la expresión si fue chocante para mí relacionarme con gente muy pobre. No digo que en mi pueblo nunca haya visto pobreza o que yo sea millonaria pero lo asumo porque en la ciudad son capaces de matarte por quitarte un celular y en el pueblo hasta los campesinos comen carne todos los días.

Recuerdo que le hablé una tarde llorando a madre, diciéndole que me hacía falta mi vida en Olancho, que odiaba tener que viajar en transporte público, que odiaba vivir en un barrio feo con gente fea. Odiaba el hecho de tener que ahorrar toda la semana para no quedarme sin comer el fin de semana. Sin imaginarlo, en ese momento tuve la lección más importante de mi vida.

A parte de aprender a valorar lo poco que tenía, fue aquí, en este desvergue de ciudad donde me di cuenta realmente en qué país había nacido, aunque la idea romántica de que Olancho es un país inventado no es del todo una fantasía. Si bien es cierto no es Dubai pero la gente sin tener mucho, vive tranquila, definitivamente es otra perspectiva, es otra realidad. Fue aquí donde me percaté de mi posición económica y social, pero la postura política se definiría un poco después.

Por fortuna mía desperté a una realidad no tan sabrosa como lo es para otros -para algunos pocos-. Darte cuenta de que las cosas son diferentes a como el propio sistema te lo ha hecho creer es muy doloroso. No sé si es la infancia o el haber nacido en un pueblo lo que te hace sentir que la pobreza no existe. Supongo que abrir los ojos no es nada placentero pero vivir en la ignorancia es igual a que te den patadas constantemente el culo y sonreír por ello.

Cursaba la clase de Ciencias Políticas en el 2008, el maestro era un tipo realmente fascinante. Escupía cuando hablaba pero no me importaba escucharlo con la boca abierta cuando daba su cátedra. Desde Aristóteles a Montesquieu. Capitalismo y Socialismo, Marx, Lenin, Fouché. Las revoluciones y las guerras. La lucha entre hombres extraordinarios y parásitos de la vida real. Los sistemas sociales y todo lo que desemboca la palabra –poder-. Una literatura un tanto diferente a aquellas novelas de García Márquez y Benedetti que me devoraba en un domingo, pero  igual de fascinante, sin embargo este factor no fue tan imprescindible para definirme políticamente.

Recuerdo que la primera vez que leí aquella frase de Salvador Allende: Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”, fue en una pared del edificio 4A, en aquel entonces, los pasillos olían a mierda y un montón de encapuchados hacían una especie de motines, obstaculizando el paso con sillas en protesta por equis cosa. Y qué decir de las gaseadas que hubo tras el Golpe de Estado. Confieso que me encantaba estar en esos relajos. Ver a los estudiantes enardecidos, escucharlos mentarle la madre a los policías. Era una película en tiempo real. Eran días hermosos y aunque también me parecía inútil y patética una lucha a pedradas, era una lucha a fin de cuentas.

Empecé a leer a varios autores que me afinaron el conocimiento poco a poco. Gorky, Chomsky y Galeano fueron suficientes para entender claramente cuál es mi camino y de qué lado debo estar. Sin embargo nada de eso fue lo que determinó mi camino. Comprender la vida desde dos conceptos claves puede resultar muy simple, solo basta con razonar un poco, es tan fácil como respirar, pero supongo que a muchos se les hace imposible, pero ¡¿por qué?! No creo que sea porque sean pendejos, es peor que eso, es porque saben que son pendejos y no les importa porque se siente cómodos así, son cobardes y creen que vivir en la zona de confort que provee ese miedo es mejor que arriesgar su vida para luchar por ellos mismos.

No es melón ni sandía. No es negro ni es blanco. No es el bien ni es el mal. No es la izquierda ni es la derecha, no es estar en contra del gobierno, es luchar por una vida más justa, es decidir si estar del lado de los que tienen todo o estar del lado de los que no tienen nada.

Mi lucha a favor de lo justo viene desde un sentido más personal que social. Cuando me di cuenta de que era una estudiante y que no tenía dinero, me pesó más la ausencia de mi padre. Recordé que estaba muerto, recordé por qué estaba muerto y recordé quien lo había matado, un hombre poderoso que al ver amenazados sus intereses, ordenó quitar del camino a aquel que le estorbaba. Es la maldita ley del más fuerte. El salvajismo de pasar por encima de cualquiera que altere tu status quo. Desde muy joven me tocó entender de la peor manera lo que puede hacer la avaricia, es el amor al dinero lo que convierte en un monstruo a cualquiera, es ser un simple monigote del sistema, el mismo que te dice que hay que tener billete para ser muy vergón; y todo esto no me lo enseñó ninguna religión, ni la Biblia, no me lo enseñó Marx, me lo enseñó la vida.

Es una concepción sencilla pero te tiene que doler para poder entender. Es algo que no se puede explicar fácilmente. Por eso caí a la razón de que moriré frustrada si intento hacer entender a otras personas o inclusive a mi propia familia de convencerles que pueden luchar por los derechos propios y ajenos. Y aunque no podría hacerles ver lo que yo veo, lo que yo he vivido, lo que he aprendido, si podría sembrarles la idea de que está bien revelarse y  cuestionar lo que no les parece.

Camino por la línea que elegí porque me duele la injusticia, pero no tienen que matarte a tu padre o a tu hijo para que te des cuenta de que el mundo está podrido y no hay nadie que haga algo por él. Lo más hermoso que te podría pasar es que tengas la capacidad de ser solidario y servir a quien más lo necesita, no hay que ser un mártir, solo se ocupa un poco de consciencia.
Pensar en un mundo gobernado por arañas que no quieren que pensemos, es un acto de rebelión. Pero no importa, cual sea que fuere tu ideología política, si sos combatiente en favor de tu propia gente, te hará sentir un verdadero revolucionario. Cual sea que fuere tu norte, si sos una persona consciente, que no se queda de brazos cruzados al ver que a un niño le quitan el pan de la boca, te hace sentir que tu vida habrá valido la pena. Lo importante es despertar, lo más importante siempre será pensar.